"¿A vos te contestó?"
- 13 mar
- 3 Min. de lectura

Un conocido me escribe para saber qué facultad de comunicación le recomiendo a su hija. Me dice que quiere “tener toda la información sobre la mesa para tomar la decisión”, una frase que suena a gerente de multinacional y que, traducida, significa: no sé ni por dónde empezar. Escribo pros y contras de cada institución. Privada, pública, orientaciones, salidas laborales. Lo envío. Cri, cri, cri. Silencio digital. Tal vez lo secuestró un ovni o su hija decidió estudiar cerámica en Bali.
Me quedo mirando la pantalla unos segundos, con esa expresión que pongo cuando el ascensor no llega y empiezo a sospechar que nunca toqué el botón. No hay un “gracias”, ni un “ok”, ni un emoji de pulgar arriba, que es la forma más perezosa y más honesta de acusar recibo. Nada. Entonces, listo, me clavó el visto. Se esfuma para siempre. Parece que el mensaje hubiera caído en un agujero negro entre mi teléfono y el suyo.
A veces me imagino la versión analógica de todo esto. Vas caminando. Alguien te para: “Perdón, ¿sabés dónde queda tal calle?”. Vos explicás: dos cuadras derecho, doblás a la izquierda, es la que tiene el árbol grande. La persona te escucha, asiente y se va caminando sin decir una sola palabra. Si eso pasara en la calle, lo llamaríamos mala educación. En el teléfono le decimos “estar a mil”.
Entiendo el contexto. Vivimos genuinamente aturdidas. El celular y, sobre todo, WhatsApp son una pecera llena de conversaciones nadando en todas las direcciones: una prima que necesita un consejo existencial, alguien del trabajo que manda un video para editar, una madre del colegio que pregunta si hay deporte, una amiga que busca dónde comprar una antena para la tele. Todo en paralelo. En ese ecosistema, sostener una charla con principio, desarrollo y fin es una proeza digna de un monje tibetano (que seguro no tiene wi-fi).
El silencio, además, es respetable y tiene muchas variantes. Está el de la persona que se fue tres días para afuera y quiere desenchufarse del todo. Ese lo entiendo, incluso lo envidio. El de quien está viviendo un momento difícil y no tiene palabras. Ese lo respeto. Y después está este otro silencio: el de quien te pidió algo, recibió, leyó y siguió scrolleando como si el mensaje hubiera sido atendido por un call center automático o, como le dicen ahora, un agente de IA.
También están las especies autóctonas digitales. La que entra a la conversación directamente con el pedido: “¿Tenés el teléfono de…?”. Sin hola, sin contexto, sin el mínimo simulacro de vínculo humano. La que se comunica exclusivamente en emojis, en una especie de regreso a las cavernas. La que contesta un hilo de conversación del año anterior como si el tiempo no hubiera pasado. A esa la aprecio: al menos contesta.
En este punto quiero abrir un pequeño paréntesis para hablar en nombre de las víctimas de los ghosteadores seriales: fantasmas profesionales de la conversación. Empiezan con una lluvia de fueguitos, inauguran una charla prometedora… y luego desaparecen sin dejar rastro. También están las que quieren “unas ideas rápidas” para mostrarle a su jefe. Vos pensás, presupuestás, enviás todo prolijo. Y después… ¿a vos te contestaron? Porque a mí no. Ni hablemos de las que te piden una reunión o te dicen “ya te llamo”... y, abracadabra, se evaporan.
No quiero eterna disponibilidad ni gratitud profunda ni grandes compromisos emocionales. No pido un intercambio epistolar del SXIX. La saturación es real. Pero incluso en este caos existen gestos mínimos que sostienen algo parecido a la convivencia: “te leo después”, “gracias por tomarte el tiempo”, “al final resolví por otro lado”. Frases breves que cumplen una función esencial: confirmar que el otro existe. Porque, si ni siquiera somos capaces de responder, tal vez el problema ya no sea la tecnología, sino otra cosa.
Mientras escribo me sigue resonando una frase de mi abuela: “siempre hay que guardar los modales”. Con los años entendí que no era una frase antigua ni moralista. Los modales son lo mínimo para atravesar esta locura en que vivimos. Así que la próxima vez que me escribas, contestame algo. Lo que sea. Un suspiro, un punto, una mínima señal de vida. Algo que me permita cerrar la conversación y dedicarme a lo importante: comer mi baguette con salame tranquila.



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