“Lo que quieras”
- 21 abr
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Hay tres palabras juntas que odio. No son "tenemos que hablar", aunque esas también. Son "lo que quieras". La escena sería así:
-¿Qué vamos a comer?
-¿A vos qué te gustaría?
-No sé, lo que quieras
Suenan a generosidad. Suenan a alguien que fluye. Y sin embargo, detrás de esas tres míseras palabras hay una decisión que acaba de volverse mía.
Como les contaba en mi excelente columna pasada, tengo demasiadas ventanas abiertas. Hoy, por ejemplo, ya decidí qué desayunar, qué ponerme, si contestar ese mensaje o dejarlo para después, si ese después es hoy o mañana. En el súper elegí entre dos marcas de jabón y pensé qué regalo hacerle a mi madre. También armé el plan del fin de semana, que todavía no tiene forma pero ya está en mi mochila mental.
Hace unos años tenía una jefa con una habilidad especial. Yo le enviaba videos editados y me contestaba: no me gusta. Solo eso. Sin explicación, sin dirección, sin contraoferta. Hay personas con un talento extraordinario para señalar lo que no funciona sin proponer nada que funcione. El boomerang siempre vuelve al mismo lugar.
Pero el laboratorio más complejo es otro: el grupo de amigas. ¿A dónde les gustaría salir? Y empieza a correr el tic tac. Nadie propone nada pero todas tienen opinión. Que no sea demasiado lejos, demasiado caro, que haya ensalada porque estoy a dieta. El chat se llena de silencios estratégicos hasta que alguien —casi siempre la misma— se inmola, dice un lugar, y la discusión empieza otra vez.
"Lo que quieras”. “Me da lo mismo”. “No sé, todo me viene bien." Son respuestas que suenan a zen, a alguien que superó el ego, pero en realidad son un tackle. No son libertad de acción. Son una transferencia de responsabilidad disfrazada de buena onda. Lo que más pesa es lo que te entregan envuelto con moño.
La carga mental no es una idea abstracta: es concreta, cotidiana, acumulativa. No atañe solo a las mujeres, pero suele recaer ahí. La ingeniera francesa Emma Clit la definió así: estar siempre en alerta, acordarse de todo. Hay parejas que logran repartir; otras no. Y entonces pasa algo simple y desigual: cuando uno no decide ni ejecuta, otra piensa, resuelve y hace por todos.
A veces pienso que lo que extraño no es la infancia en sí. Es algo más específico: extraño que alguien resuelva por mí. Una mano que señale —por acá, esto, vení— y una obedezca sin auditar la decisión, sin calcular si era la mejor opción disponible.
Durante años me instalé en el lugar de la que sabe, la que tiene criterio, la que soluciona. Y en algún momento, sin que nadie me avisara, ese lugar dejó de ser un privilegio y se convirtió en una condena. Ahora dicen que hay que “soltar”. En la práctica es rezar para que alguien, finalmente, agarre la posta. También es tolerar que otro lo haga a su manera: más lento, más desprolijo o, incluso, mejor.
El trabajo invisible no es hacer la cena, es pensarla: qué hay, qué falta, qué no se repita con lo de ayer. Todo, mientras estás con la cabeza en otra. Por suerte, ahora le puedo preguntar a ChatGPT qué cenamos. Le digo: tengo tres zanahorias, dos huevos y un poco de salame en la heladera. La inteligencia artificial me responde sin dudar: un omelette. Ojalá nunca le enseñen a decir: lo que quieras.



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