"Mucho, todo junto"
- hace 6 horas
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Me levanto como si alguien hubiera apretado “On”: desayuno, “¿tenés todo?”, traslado adolescentes al liceo. Camino pensando en lo que sigue. Vuelvo, me baño, pongo un lavado, abro la compu, respondo mails y escribo un guion que merece horas y recibe minutos. Entro y salgo de WhatsApp por si acaso. Hago videollamada: tomo notas y evalúo mi pelo. Voy a la radio, digo cosas más o menos articuladas. Almuerzo scrolleando. Escribo. Tengo una reunión. Me acuerdo del lavado. Paso por lo de mi madre, le contesto en automático. Vuelvo. Cena, viandas. “¿Vemos una serie?”. Cinco minutos. “Off”.
Cuando me acuesto y repaso el día, no logro reconstruirlo del todo. Aparezco en todas las escenas, pero no termino de estar en ninguna: mando un audio en el semáforo, preparo el relleno de una tarta mientras pido hora para el pediatra, le digo a la psicóloga que estoy al límite y, al mismo tiempo, pienso qué vamos a cenar. Todo pasa en el mismo cuerpo. Con una sola cabeza que, encima, pretende estar lúcida.
Tengo resueltas muchas cosas que otras mujeres no: ayuda en casa, horarios flexibles, pareja con la que compartimos tareas, hijos que ya calientan su propia comida. Incluso así termino el día sin haber ido al baño tranquila ni una vez. No sé si eso dice algo de mí o del sistema. Sospecho que nos complicamos mutuamente.
Consumo más de lo que necesito: ropa que uso poco, celulares que duran una temporada, cremas que envejecen antes que yo. Y, en algún punto, también empecé a acumular actividades para ser eficiente, para no aburrirme, para no perderme nada. Mi agenda digital lo confirma: prolija, ordenada, cada compromiso en su color. La miro y no sé qué sentir: ¿orgullo?, ¿pánico?, ¿ambas?
Confieso que me gustan muchas cosas que hago. El problema es que todas se superponen: es como si alguien hubiera hecho un bollo con la línea del tiempo y me lo hubiera tirado encima. Funciono así, encadenando actividades sin pausa, mientras fantaseo con un túnel secreto por donde escaparme sin dar explicaciones.
Lo más raro es que si un día no hago todo esto, siento una especie de negligencia personal. Y, aún así, el tiempo no alcanza. Me quedo pensando en la charla que no tuve con una amiga, en la idea del guion sin desarrollar, en la merienda con mi madre que postergué otra vez. La pausa no me da alivio. Me da lista de pendientes.
Y encima —esto es lo que más me preocupa— se lo estoy pegando a mis hijos. Liceo ocho horas, entrenamiento, inglés, deberes, vida social e ir a saludar a los abuelos. "Pueden porque son jóvenes", me digo, pero les estoy enseñando que el día bien vivido es el día lleno, y que eso es prepararlos para la vida real. El problema es que la vida real es exactamente lo que a mí me agota.
Me crié escuchando "viví cada minuto como si fuera el último de tu vida", dicho con un entusiasmo que nunca mencionaba las consecuencias. Siempre sospeché que esa frase la inventó alguien que después necesitó yoga, mucha terapia y algún ansiolítico para bajar de la vida que él mismo había recomendado.
Ahora sí, ya reflexioné. Voy a bajar un cambio y mirar una serie. A los cinco minutos ya estaré roncando, con el control remoto en la mano. A las 6:45 el día volverá a arrancar y me zambulliré en otra picada existencial: un poco de todo, de todos, de mí en partes. Si no me puedo bajar del sistema, al menos que esta vez haya una baguette con salame.



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