"República independiente de las canas"
- 26 mar
- 3 min de lectura

Un día te despertás, te cepillás los dientes, te lavás los ojos, te ponés los lentes para verte al espejo, levantás la mirada y ahí están, ahí están, las canas de allá atrás. Esos malditos pelos blancos y rebeldes que brotan de tu cabeza como antenas. Esos cables con vida propia que te conectan con una nueva realidad: sos una señora adulta.
Hay que aceptarse como una es, sí, claro, muy bien, aplausos. Pero antes hay que entender algo concreto: las canas son pelos indomables. Son una república independiente instalada en tu cabeza sin permiso ni intención de irse. No caen con elegancia ni obedecen al peine. Salen torcidas, duras, desafiantes, como si cada una hubiese decidido su propio camino.
Lo más inquietante es cómo aparecen. No llegan juntas. Se infiltran de a poco. Primero una, discreta. Después otra, más atrevida. Y cuando te mirás en la luz del baño un domingo de mañana, ya son un comité organizado. Un cartel de neón que no podés dejar de ver.
Hay canas para todos los gustos. Las que se plantan en el jopo como si quisieran cobertura mediática. Las que dividen la cabeza en dos como la raya del medio de una carretera. Las que están desperdigadas por la cabellera como una obra de arte abstracto.
La ciencia tiene su explicación. Hay unos señores microscópicos llamados melanocitos que durante años producen el pigmento del pelo con disciplina ejemplar. Hasta que un día se jubilan. El pelo sigue creciendo, pero sin color. Como una impresora que insiste en imprimir sin cartuchos de tinta. El factor principal es la edad. Pero también la genética, el tabaco y, como siempre, el estrés que acelera todo.
Y entonces el inconsciente, desesperado, grita: “Tinta. Tinta ya”. Y así empieza la segunda etapa: la logística eterna. Al principio te teñís cada cuarenta y cinco días. Después cada treinta. Después cada veinte. Y ahí aparecen las estrategias para ganarle tiempo a la peluquería: el spray de emergencia que te deja el pelo duro como cemento y la tintura hecha en casa que puede derivar en un tono Trump si calculás mal.
Hasta que tarde o temprano, morís en la peluquería. El proceso completo implica: pedir hora con anticipación. Ir. Esperar. Que una persona con guantes te ponga tinta a pinceladas. Que te manchen la frente como Gorbachov e intenten limpiarla con un algodón. Esperar cuarenta minutos envuelta en papel aluminio como una empanada tecnológica. Que te apliquen un revitalizante con nombre botánico. Que te cobren el valor de tu riñón. Salir a la calle sintiéndote nueva hasta que el ciclo vuelva a empezar.
Y, claro, está la opción noble: dejárselas. En teoría, es libertad. Es un acto político. En la práctica, una se mira al espejo y escucha esa voz que susurra: vas a parecer mayor. Hay mujeres que lo logran con gran elegancia. La actriz Andie MacDowell dijo que se siente más poderosa con el pelo gris. La mítica Jane Fonda, que está feliz con sus canas: "Ya basta de tanto tiempo perdido, tanto dinero gastado, tantos químicos".
Las admiro. Pero aún no estoy ahí. Por ahora sigo tapándome: un poco de tinta, un poco de negación, un poco de luz tenue. La parte positiva es que como tampoco veo bien, me saco los lentes y solucionado el problema. Es una tregua frágil, lo sé. Las canas no necesitan ganar batallas. Ya ganaron la guerra. La única pregunta que queda es cuándo una deja de pelear y empieza, por fin, a hacer las paces con el paso del tiempo.



Comentarios