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"Berlín: crónica de una ciudad con cicatrices"

  • elisalieber4
  • 22 nov
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: hace 6 días

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Y entonces estoy de viaje en Berlín y me pido un strudel de manzana tibio con crema. Y el vapor me golpea la cara y de golpe aparece mi abuela alemana. Y recuerdo que hay historias que me habitan más allá de mi voluntad. Y necesito escribir porque si no lo hago, me intoxico con heridas ancestrales.


Y se me empiezan a amontonar los nombres de quienes históricamente arruinaron la historia creyendo que la estaban salvando: Hitler, Stalin, Truman…Todos convencidos de estar del lado del bien, todos seguros de estar preservando a la humanidad. Y, sobre todo, me inquieto por la calma con la que todos justificaron sus terribles decisiones: exterminar a los judíos para “mejorar la raza”; borrar del mapa a quienes pensaban diferente para consolidar el comunismo; tirar dos bombas atómicas para catapultarse como superpotencia.


Y me pongo a caminar y atravieso la Puerta de Brandeburgo y me siento mínima. No por modestia, sino por perspectiva. Por ahí desfiló Napoleón cuando conquistó el país; Bismarck cuando se propuso recuperar el “honor perdido” del imperio alemán y, después, Hitler cuando celebró la llegada de los nazis al poder. La puerta fue GPS de los aliados para bombardear Berlín durante un mes al final de la Segunda Guerra Mundial. Y también fue trofeo soviético cuando acuchillaron a la ciudad en dos con un muro que separó a las familias durante 28 años, hasta 1989.


Y sigo avanzando y recorro el Memorial del Holocausto y siento que los huesos de los muertos aún crujen. Y me pregunto cómo carajo sobrevivió mi abuela. Y en esta ciudad no se puede olvidar. Hay cicatrices por todos lados: cada piedra te relata historias similares, pero con fechas, nombres y cifras diferentes. Mandatarios que arrasaron, firmaron pactos, los rompieron, tiraron misiles, dieron discursos solemnes y decidieron la vida de nuestros ancestros. 


Y les dijeron lo qué tenían que pensar. Y lo argumentaron con ideologías. Y montaron lavadoras de cerebros, como la maquinaria publicitaria nazi de Goebbels o el órgano de prensa comunista Neues Deutschland, cuyo imponente edificio sigue ahí de testigo. Y censuraron autores, artistas, y periodistas. Y restringieron derechos y libertades.


Y sigo caminando y llego hasta los restos del Muro y veo en sus paredes las fotos de los alemanes que intentaron escapar desde Berlín oriental al lado occidental. Y pienso cómo miles de personas quedaron atrapadas en discursos que no escribieron, repitieron argumentos que no pensaron, pelearon en guerras que no quisieron.


Y los obligaron a participar en el juego más antiguo y menos divertido del planeta: enfrentarse en dos bandos. Y la mayoría optó, no por convicción, sino por su supervivencia y la de los suyos. Y pronto terminaron creyendo que ellos eran los buenos, los inteligentes, los lúcidos. Y acusaron a los otros, que hasta ayer eran sus vecinos. 


Y no puedo más de tanto caminar y, sobre todo, de sentir. Por fin llego al East Side Gallery, donde artistas pintaron con colores los restos del Muro como señal de memoria y de esperanza. Y decido postear una foto con una frase vacía: “Nunca más odio”. 


Y cuando entro a las redes para subir el posteo, veo el mundo. Y prefiero no ver. Prefiero no ver que la historia se empieza a repetir, pero con fechas, nombres y cifras diferentes. Y me viene a la mente una frase que le atribuyen a Groucho Marx: lo único que aprendimos de la historia es que no aprendimos nada. Y, hoy más que nunca, decido morfarme una buena baguette. Esta vez con salchicha, en honor a mi abuela alemana.


 
 
 

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