"El tiempo está después"
- elisalieber4
- 8 dic 2025
- 3 Min. de lectura

Cuando no sé por dónde empezar una columna, recurro a grandes pensadores contemporáneos. Esta vez le toca a Christián Castro, subestimado por la academia, venerado por los karaokes. En una entrevista en redes, el cantante dice: “Yo no tengo nada que hacer. Nunca”. El periodista insiste: “¿Pero cómo es tu día? ¿Cómo es tu nada? Yo voy a tu casa, ¿y qué estás haciendo?”. Y él contesta firme: “Nada, nada, absolutamente nada. A la gente le gusta hacer algo a la fuerza”. Lo escucho y siento una mezcla rara de devoción y envidia.
Porque ahí, en el “no hacer nada”, se esconde una fantasía secreta de parte de la humanidad. Tan simple, tan revolucionaria. Tan difícil. Apenas aparece, se activa la policía interior: “Si no hacés nada, estás perdiendo el tiempo”. ¿Pero qué es perder el tiempo? ¿Un domingo entero en pijama? ¿Leer novelas que no te van a servir para ningún proyecto? ¿Ver reels de Rosalía hasta que el algoritmo se apiade? ¿Contemplar el horizonte?
Yo soy la antítesis del citado heredero de Verónica Castro (para las nuevas generaciones: la referente del melodrama mexicano). A mí me gusta hacer cosas; todas, muchas, si es posible. Y, cuando me acuesto de noche y repaso el día, parezco una excavadora arqueológica: capas y capas de mandados, reuniones, intentos de yoga, mensajes de WhatsApp, salidas e, incluso, listas de tareas que no hice. Me agoto de pensarlo, pero me entusiasma, me siento viva y -por supuesto- llena de contradicciones.
Últimamente, tal vez por la llegada a la adultez, varias amigas repiten una fantasía muy parecida: “Me encantaría vivir de rentas, dejar de trabajar, tener mucho tiempo libre”. Entonces jugamos a diseñar la agenda soñada: levantarse a las nueve, desayunar huevos revueltos, caminar por la rambla, leer un buen libro, almorzar en diferentes lugares, hacer un documental, dormir la siesta, ir al teatro... “Pará, pará, pará, ¿me estás hablando en serio? ¿Eso es parar?”, diría, con gesto dramático otra eminencia filosófica actual, el rioplatense Alejandro Fantino. Ese es el retiro ideal, pero con más actividades que un jardín de infantes privado.
Es que un día con menos de catorce horas productivas se vuelve sospechoso: ¿qué estuviste no haciendo? Para frenar, a veces necesitamos enfermarnos, como si el cuerpo fuera el único capaz de decir “basta”. Nos enseñaron que el tiempo es oro, sí, pero que solo vale si produce: dinero, aprendizaje, utilidad, contenidos, algo publicable. Y cuando por fin tenemos un rato libre, en lugar del alivio prometido, aparece un dúo menos glamoroso: el vacío y la ansiedad.
Corremos para llegar a un momento que no sabemos habitar. Convertimos el ocio en proyecto y el bienestar en productividad, como dice el pensador coreano Byung-Chul Han, en “La Sociedad del Cansancio”. Leemos “por si rinde”, contamos los pasos al caminar, sentimos FOMO por planes que ni queríamos, nos anotamos en cursos de inteligencia artificial para no quedar atrás y, para coronar, hacemos talleres para aprender a frenar. Somos el elenco estable de una comedia presencial y virtual, con entrada voluntaria.
A la autora más genial del mundo, Nora Ephron, la atormentaba darse cuenta que había desperdiciado gran parte de su vida haciendo las cosas equivocadas, pero que preocuparse por eso sería desperdiciar aún más tiempo. La leo y me siento descubierta. Porque ahí estoy, haciendo equilibrio entre la agenda, la culpa por no hacer más y la culpa por no aprender a hacer menos.
Ya casi cerrando, y como ya cité a muchos autores, voy por el más grande: Tata Dios. Todas las religiones inventaron algún tipo de día de descanso (aún cuando no había celular) porque intuyeron que si no frenábamos, nos podíamos perder hasta de nosotras mismas. Por eso se me ocurrió una propuesta modesta: jubilaciones en cuotas. No una gran jubilación al final, sino mini retiros repartidos en los días. Pequeños paréntesis en los que la única tarea sea no producir.
Y ahora sí me voy: sé que las tengo agotadas. Tal vez haya que hacerle caso al cantautor uruguayo Fernando Cabrera y dejar el tiempo para después. Estar, sin nada más. Así que si me ven tirada en un sillón tarareando “Azul… como el mar azul”, no estoy perdiendo el tiempo. Estoy esforzándome por no hacer nada.




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