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“Todo tiempo pasado fue más flaco”

  • elisalieber4
  • 21 ene
  • 3 Min. de lectura

Escuchar conversaciones ajenas es un trabajo de campo que ejerzo incluso en vacaciones. En la playa una madre le unta protector a su hijo y le dice: “Vos tenés una panza divina. No como yo, que la tengo cada vez peor”. Ella lleva un bikini de tiras negras, ronda los 35 y tiene un abdomen apenas abultado. Mínimo. Firme. Es decir: joven. Es decir: flaco. Y aun así, insuficiente.


La chica de la sombrilla de al lado (gran título de libro) me despierta admiración y pena en dosis iguales: admiración, porque me encantaría tener ese cuerpecillo fresco; pena, porque no lo sabe. No lo disfruta. Y no está aislada en el sentimiento. Salvo en la era de los jeans nevados y el jopo con fijador, siempre creo que estaba mejor hace dos, diez o veinte años, cuando la gravedad era una teoría. Lo peor (y lo vergonzante) es que, incluso entonces, tampoco alcanzaba.


En verano, el delirio correctivo se intensifica. Cierro los ojos y me imagino corriendo hacia el mar con mis glúteos firmes, cual Pamela Anderson en Baywatch (acá delato mi edad). Los abro y me estrello contra la tabla de chorizos sobre el mantel de plástico. Otra vez, ataco el espeto corrido de achuras, aunque juro que mañana cierro el pico. Incluso, voy más lejos: me convenzo de que el año próximo comeré menos harinas, haré más pesas y me untaré en ácido hialurónico con una constancia inédita.


Ya sé lo que están pensando: qué ilusa, qué hueca (o, con lo diosa que es, debería estar orgullosa ;). Puede ser. Me da vergüenza admitir que el cuerpo y su desgaste son un zumbido que va y viene, como un mosquito antes de dormir. Hace treinta años mi abuela se embadurnaba con un gel verde y se envolvía en papel film convencida de que así borraba el pan dulce cotidiano. Hoy la solución viene en frasco premium y se llama tratamiento mega hidratante con esperma de salmón (sí, es real, busquen en redes). Las modas cambian; la inconformidad, no.


Voy a confesarles una fantasía ingenua: durante demasiado tiempo compré la creencia de que el cuerpo se podía moldear y controlar, como si todas partiéramos del mismo punto de largada. Sin importar la genética, los horarios laborales, el dinero, las cenas… Creía que podía evitar lo inevitable con agua tibia con limón, disciplina férrea y, si era necesario, alguna que otra intervención discreta.


Una noche de enero, en pleno desvelo scrolleante, me crucé con un reel de una actriz que decía que hay tres tipos de mujeres: las jóvenes, las viejas y las cirugiadas. Me hizo reír, pero me quedó rebotando. Porque en esa frase no hay cuerpos en proceso, no hay vidas en curso, sino categorías de valor. Envejecer como error. La cirugía como disimulo. Y la juventud como único estado legítimo. Mierda, carajo.


Lo perverso no es querer estar sano o gustar: eso es antiguo, comprensible, hasta tierno. Lo jodido empieza cuando el cuidado del cuerpo se convierte en un cúmulo de exigencias para encajar en un molde único. Y a medida que cumplimos años, la lista crece: detalles para corregir, esconder, disimular. Como si envejecer fuera una falla de fábrica. Cuidarse debería ser un gesto de cariño; no un sistema de vigilancia continuo.


Se terminan mis vacaciones y el verano deja su inventario: elásticos que aprietan, pulpas que se rozan, manchas de sol que se quedan. Con los años, algo también se afloja por dentro. Quizá sea una rendición estratégica, una manera elegante de admitir que la biología ganó la pulseada. Extraño mi envase de antes, claro, pero cada vez me resulta más fácil apreciarme entre panzas blandas y duras, estrías al sol y cuerpos que caminan, se zambullen, comen churros y se ríen.


Todo tiempo pasado fue más flaco, sí. Pero todo presente empieza a volverse un poco más amable. Si esto fuera un manual de autoayuda, diría: de ahora en más, me querré como diosito me trajo al mundo. Pero no lo es. Así que no me prometo demasiado para el próximo verano. Elijo el equilibrio: estar sana, fluir… y aceptar que, probablemente, no llegue a ser Pampita. Así que seguiré comiendo baguette con salame y un buen vino. A nuestra salud.


 
 
 

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