"Debí decir"
- elisalieber4
- 28 jul
- 3 Min. de lectura

Un sábado de tarde, hace muchos años, me llamó mi jefe para señalarme un error gravísimo: en un reportaje dije “demandar”, en vez de “pedir”. Me explicó que había usado un término judicial para hablar de un tema coloquial. No había renunciado un presidente, ni ganado el 5 de Oro. Había cometido un error lingüístico. Tendría que haberle dicho que dios hizo el séptimo día para descansar, que se tome un whisky, que se relaje. Pero no lo hice. Con la docilidad de mis 24 años, le agradecí por hacerme crecer profesionalmente. Colgué y repetí esa conversación mil veces en mi cabeza, inventando respuestas brillantes que jamás nunca pronuncié.
Dos décadas después, empiezo a sospechar que tengo una función secreta instalada en mi cerebro llamada “repasador de escenas”. Se activa en diferentes situaciones, sobre todo cuando apoyo la cabeza sobre la almohada y le doy play a esa conversación incómoda de hace cinco horas (o cinco años). Y ahí empieza mi maratón de reproches. Subrayo lo que dije mal, lo que no dije, lo que debería haber dicho si fuese una mezcla de Einstein y Mafalda.
No importa si fue una charla con el portero, un café con una amiga o una entrevista de trabajo: siempre hay una versión alternativa. Una versión que aparece cuando ya es demasiado tarde. Cuando fui más sincera de lo que quería. Me guardé una idea por miedo a la reacción. Repetí que no me pasaba nada con los ojos llorosos. Respondí que no tenía tiempo, aunque lo que no tenía eran ganas.
Lo que queremos decir casi nunca cabe entero en las palabras. Decimos demasiado o decimos mal. No decimos nada y nos arrepentimos. Decimos lo justo pero con el tono inadecuado. A veces el silencio es un refugio. Otras, una derrota. Pero siempre queda la sensación de que, si hubiésemos encontrado la palabra y el tono justo, todo habría sido distinto. Como si una sola frase bien dicha pudiera deshacer un malentendido, sellar un vínculo, defendernos mejor, explicar quiénes somos.
¿Y entonces, qué hacemos? ¿Anotamos todo lo que vamos a decir en una libreta? ¿Expresamos siempre lo que pensamos en nombre de la autenticidad que tanto se celebra? ¿O mejor nos callamos por miedo a equivocarnos o porque otro lo puede decir mejor?
Spoiler alert: el repaso mental va a activarse igual. Porque lo dicho se transforma apenas sale de nuestras bocas: nace con una intención y aterriza con un significado distinto. Lo que comunicamos es una mezcla de ideas, contradicciones, timing fallido, contextos y, sobre todo, depende de quien lo recibe. Y que aun así, vale la pena decirlo.
Quizá el verdadero desafío no es decirlo todo perfecto, sino decirlo lo mejor que se pueda y después no torturarse durante tres madrugadas seguidas. Encarar las conversaciones con respeto y escucha. No para quedar bien, sino para estar lo mejor posible con una misma. Pensar en el efecto de nuestras palabras, pero sin convertirnos en estrategas publicitarias personales. Porque hablar es mucho más que expresarse. Es desnudarse, arriesgarse, equivocarse, mostrarse, liberarse.
Así que la próxima vez que me acueste en la cama y repase una conversación, voy a ser más compasiva con las demás y -sobre todo- conmigo. Voy a cerrar los ojos y soñar con una aplicación que permita editar conversaciones ya dichas. Algo tipo: “Hola, disculpá, quería actualizar lo que te dije ayer porque pensé mejor mi punto de vista, y además me surgieron dos argumentos espectaculares en la ducha”.




Muy identificada con incorrecta! Me encantó lo de la aplicación ! Ya lo empiezo a vivir mentalmente! 🤪