Desde lejos (y cerca) no se ve
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Llegó otro Mundial. Pasaron apenas cuatro años. Nos reunimos frente a la pantalla para hacer lo mismo de siempre: pasar de “nos volvemos en primera ronda” a “podemos dar una sorpresa”. Hay picada, banderas y adolescentes que opinan con una seguridad admirable. Empieza el partido. Yo veo once manchas celestes corriendo detrás de algo que supongo que es una pelota. Cambio de lugar. Me acomodo. Vuelvo a mirar. “Che, ¿no se ve medio mal?”, pregunto. “Se ve perfecto”, responde mi hijo. Ahí entiendo que el problema no es la transmisión. Hace unos años dejé de ver de cerca. Ahora tampoco veo bien de lejos.
Vengo atravesando todas las etapas del duelo visual. La evolución es más o menos así: primero le echás la culpa a la mala iluminación del restaurante, que te obliga a prender la linterna del celular. Después te convertís en la Mujer Elástica y empezás a alejar cada vez más el menú para hacer foco. Y llega el día en que las letras de la carta se convierten en jeroglíficos. Ahí señalás algo al azar y te entregás al destino. Puede decir canelones o camarones.
Entonces, tu hermano te lanza un comentario con la precisión de un francotirador. “¿Vos agrandaste la letra del celular? La puedo leer desde la esquina”. Lo negás, no admitís que desde hace tiempo no ves los stickers que enviás y reaccionás en base a puras conjeturas. Es difícil transmitir la sensación: uno se despierta en un mundo impresionista. Los contornos son sugerencias. Maquillarse los ojos se convierte en un deporte extremo. Salís a la calle y entendés que tu tía no se pintaba mal: simplemente no veía.
Y decidís ir al oculista. Te sentás convencida de que no es para tanto. Te sientan frente a una tarjeta con letras diminutas y vos das lo mejor de vos. Concentración absoluta. Leés tres líneas seguidas y sentís que acabás de clasificar al Mundial. Entonces la médica sonríe. Y ahí llega la pregunta letal: “¿Cuántos años tenés?”. No hace falta ningún otro examen. El diagnóstico ya está hecho: tenés más de cuarenta.
Tu visión empieza a irse en picada, de 0,5 en 0,5. Cambiás de lentes como de bombacha. Y cada par te sale un ojo de la cara. La verdadera estafa llega cuando te dicen: “De lejos ves bien, podés aguantar un poco más”. Claro. Hasta que un día mirás un partido y no sabés si el que corre es Darwin Núñez, si volvió el Palito Pereira o si acaban de convocar a un rasta de Valizas. Ahí descubrís que la vista se va despidiendo por etapas: primero los lentes para leer, después los ocupacionales, después los multifocales. Y cuando por fin les agarrás la mano, ya te cambió la graduación y se va el aguinaldo.
Además, necesitás una legión de lentes repartidos en puntos estratégicos: uno en la oficina, otro en la mesa de luz, otro en la cartera y alguno de repuesto. Cada día se convierte en una pequeña búsqueda del tesoro. Y cuando no encontrás ninguno, le rogás a tu esposo o a una amiga que te presten los suyos. Te los ponés y, de pronto, el mundo vuelve a tener definición. “¡Qué divinos que están!”, exclamás. Una frase que jamás imaginaste pronunciar, pero es lo más genuino que dijiste en los últimos tiempos.
Después de diez horas frente a la computadora, llega un momento en que ya no sabés si te duele el iris, las pestañas, la cabeza o todo junto. Ver sin lentes se vuelve una actividad aspiracional. La presbicia nos alcanza a casi todas. Las que después de los cincuenta siguen leyendo un prospecto sin lentes son los mismos que dicen que duermen ocho horas de corrido. Una sabe que existen, pero preferiría no conocerlas.
Siempre creí que ver era una de las pocas cosas que hacía sin esfuerzo. Abrir los ojos y listo. Pese a que me miro todos los días en el espejo, los lentes me obligaron a aceptar algo que venía postergando: ya no tengo treinta años. Mientras mi vista se fue volviendo más borrosa, también se fueron borrando algunas de mis certezas. Cuando era más joven tenía opiniones de todo y algún que otro dogma. Hoy no estoy tan convencida de que la claridad siempre sea una ventaja. Después de todo, hay más de una manera de mirar las cosas.
Mi sueño actual es alcanzar una graduación definitiva y quedarme ahí. No aspiro a grandes cosas. Ya no quiero ser mejor persona ni correr una maratón. Quiero abrir un menú y leerlo sin tener que estirar el brazo hasta invadir la mesa de al lado. A cierta edad, la felicidad deja de ser una idea abstracta. Tiene dos patitas, un marco de plástico y te permite ver el mundo con otra nitidez.



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