Tampoco es para tanto
- 19 may
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Acabo de volver de Buenos Aires. Estuve en un evento que mezcla academia, periodismo y arte (me hago la copadita). Al final de una charla me acerqué a la conductora del panel y la felicité porque fue muy ocurrente. Y ella, sin pestañear, sin el reflejo de bajar la cabeza, me dijo: "¿Viste? Le puse toda la onda", lo que me descolocó lo suficiente como para seguirle el tono y decirle que debería tener un late night show.
Me quedé pensando en esto en el barco de vuelta. En lo porteño del diálogo. Acá no funciona así. Acá existe un deporte que practicamos con una precisión que, si se pudiera patentar, seríamos potencia mundial: escuchar una buena noticia ajena y, antes de que la persona termine la frase, encontrar el ángulo exacto para reducirla. No a cero. Solo un poco. Lo justo para que quepa en un tamaño que no moleste.
Las escenas -no todas propias- se parecen entre sí, pero cada una tiene su técnica.
La del dato frío:
—¿Sabés que me ofrecieron el cargo de directora de un informativo? —Ah, qué bueno. Sí, se lo ofrecieron a todo el mundo.
La pregunta que desarma:
—Voy a participar en una tertulia radial.
—La escucho siempre. Están desesperados por incluir mujeres. ¿No pagan, no?
Y la joya del género, el bostezo convertido en frase:
—Me aceptaron para un taller de escritura con cupos limitados.
—Yo me iba a presentar y se me cayó un huevo.
Lo más desconcertante no son las frases en sí. Es que vienen de gente cercana, que en principio te quiere, gente que quizás ni se da cuenta. Llegan como comentarios casuales o preguntas lógicas, y una baja la guardia porque nadie entrena para defenderse de algo que no es agresivo y suena sensato.
El mecanismo se contagia rápido. Una aprende ese idioma y empieza a aplicárselo a sí misma. Alguien dice: “Vi las fotos del congreso en que participaste. ¡Qué genial!”. Y yo respondo: “Viste que las redes engañan. No había tanta gente como parecía”. El topo que intenta sacar la cabeza y ya se mete solo para adentro, antes de que nadie lo empuje para abajo. Orgulloso de su humildad.
Hay una canción hermosa para menear que dice no te creas tan importante. La cantamos como hit de desamor, pero también es el himno no oficial de cierta forma de relacionarnos: un recordatorio permanente de que el entusiasmo delata. De que el entusiasmo sugiere: ay, te la creíste. Mirá que te conozco desde chiquita.
¿Cuál es el equilibrio entre un porteño y un uruguayo? ¿Cuándo "creérsela" deja de ser autoestima y se convierte en agrandamiento? ¿Quién determina ese límite? ¿Y por qué parece que siempre decide alguien de afuera, justo en el momento en que estás contenta?
La conductora porteña no era una agrandada. Era alguien talentosa que se la creía, que no es lo mismo aunque en Uruguay a veces cueste distinguirlo. Porque acá el problema no es la gente que se agranda sin mérito. Es la gente que tiene mérito y trayectoria, y se encoge por protocolo. Que hace cosas interesantes y las cuenta en voz baja, por las dudas. Como si el volumen fuera una forma de mala educación.
Desde que volví estoy ensayando algo nuevo: cuando algo me sale bien, me quedo un momento ahí antes de achicarlo yo misma. Sin notas al pie de página, sin aclaraciones, sin ese gesto reflejo de "tampoco es para tanto". Cuatro palabras que en Buenos Aires casi no se escuchan y acá podrían estar impresas en el escudo nacional.
PD. La autora es consciente que las generalizaciones sobre nacionalidades no son recomendables. Pero era necesario hacerlas.



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