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El cerquito de bambú

  • hace 2 días
  • 3 min de lectura

Llegué a mi casa apurada porque tenía una reunión. Cuando iba a entrar el auto al garaje, había otro estacionado justo en la entrada. El cuidacoches me dijo: “Salió una señora, pero dice que ya viene”. Diez minutos después seguía sin aparecer. Terminé dejando el coche a dos cuadras. Cuando volví caminando, se estaba subiendo al suyo. Le golpeé el vidrio y me espetó: “me vas a matar de un infarto”. Le respondí que llevaba quince minutos sin poder entrar a mi casa. “Estás exagerando. Tampoco es que robé un banco”. No pidió disculpas. Y, para peor, yo recién había vuelto de Japón. ¿Qué carajo tendrá que ver una cosa con la otra?


La cuestión es que en Kioto me retaron por apoyar un pie sobre un cerquito de bambú, para atarme los cordones. No rompí nada. Apenas lo usé para hacer equilibrio. Un cocinero salió de un restaurante, hizo una cruz enorme con los brazos y señaló mi zapato. Estaba furioso. Bajé el pie enseguida. Él volvió a entrar. Yo seguí caminando con la sensación de haber cometido una falta gravísima. El cerquito estaba perfecto. Tal vez no era casualidad.


También nos pasó algo parecido en el metro de Tokio. Veníamos hablando bajito cuando un hombre levantó la vista y, con un gesto seco, nos mandó callar. Éramos los únicos haciendo ruido en un vagón lleno. El metro, por donde pasan millones de personas todos los días, parece una biblioteca. Si todas hablan juntas, sería un caos sonoro.


Japón está lleno de pequeñas cosas, de gestos, de detalles. No hay papeleras y, sin embargo, tampoco hay basura. Nadie cruza con el semáforo en rojo aunque no venga un auto. Hacen fila para cruzar la cebra, aunque no haya nadie controlándolos. No creo que los japoneses sean mejores personas (o, un poco, sí). Simplemente crecieron dándole importancia a cuestiones que a nosotros parecen habernos dejado de importar.


Quizás esa mirada venga de muy atrás. El sintoísmo  -una de las religiones tradicionales japonesas-  cree que la naturaleza está habitada por deidades: los árboles, los ríos, las montañas. E, incluso, los objetos. Un día visité un gran templo. Al lado había un altar pequeño dedicado a los lentes: en el centro, una escultura de metal con la forma de unos anteojos redondos; alrededor, algunos pares rotos, colocados ahí para agradecerles el servicio prestado. Yo había escrito una gran columna sobre mis lentes. Ellos habían ido un poco más lejos.


Hay una palabra que se repite mucho cuando se habla de los japoneses: respeto. Pero no sé si es suficiente. Lo que me llamó la atención allá fue esa conciencia permanente de que el otro existe. Existe su tiempo. Existe su espacio. Existe su descanso. Por eso, esperan que el otro baje antes de subir al tren, procuran no interrumpir y hacen una leve inclinación al saludar.


Claro que Japón también está completamente desquiciado. Conviven la ceremonia del té y los excesos de sake; los edificios repletos de máquinas de gancho para atrapar ositos y los jardines de bonsáis; los ejecutivos impecables y los adolescentes vestidos como personajes de animé, algunos incluso operados para parecerse a ellos. Trabajan tanto que inventaron una palabra para “morir por exceso de trabajo”: karoshi. La presión social puede ser asfixiante y las demostraciones de afecto son escasas. Vivir ahí debe de ser bastante más complejo que enamorarse del país durante unas vacaciones.


Volver de un viaje tiene un efecto secundario bastante molesto: durante unos días uno se convierte en esa persona insufrible que compara todo. “En Japón esto no pasa…” Me lo repetí frente a un auto que tapaba mi garaje, un papel tirado en la vereda, alguien que se colaba en una fila para ganar unos segundos. Después recordé que, en Kioto, la persona que no entendía las reglas era yo. Y se me pasó un poco la superioridad moral.


Nadie me había explicado que estaba mal apoyar el zapato en ese cerquito de bambú. Y, sin embargo, para aquel hombre era tan evidente como sería para mí que alguien escupiera adentro de mi casa. La mayoría de las reglas con las que convivimos son acuerdos invisibles. Algunas culturas privilegian el cuidado colectivo; otras, la libertad individual. No sé si existe un equilibrio perfecto. Pero conocer diferentes maneras de vivir sirve, al menos, para cuestionar lo que uno normaliza.

 
 
 

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