Ensayo general
- hace 2 días
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Diez grados, humedad mil por ciento, mi hija quiere salir a la calle con el pelo chorreando agua como si acabara de cruzar el Río de la Plata a nado. "Sécate el pelo que te vas a agarrar una neumonía", le estampo apenas la veo. En mi mente, el pelo mojado hace un recorrido veloz: fiebre, antibióticos, complicaciones y, con un poco de mala suerte, internación. No es que venga del futuro. Es que tengo un doctorado honoris causa en preocuparme por adelantado.
Un ruido en la mitad de la noche y mi sistema nervioso organiza un operativo de emergencia. Me quedo inmóvil. El corazón triplica su ritmo. Alguien está entrando a la casa. Ya veo los cajones abiertos, la policía tomando declaraciones, mi foto circulando por el grupo de WhatsApp de vecinos con el comentario "qué barbaridad, era tan buena persona". Por las dudas, me quedo despierta. Quizá el insomnio puede prevenir un delito.
Los viajes merecen su propio departamento de ansiedad. En el aeropuerto, las despedidas suenan sospechosamente definitivas, como si supiera algo que los demás no saben todavía. Abrazo fuerte, se me llenan los ojos de lágrimas, doy recomendaciones que nadie pidió. Si un familiar hace carretera, quedo con el celular en la mano hasta que me envía el mensaje "llegué". Por si acaso. Siempre por si acaso.
El trabajo también es un territorio fértil para el desastre anticipado. Basta que un proyecto tarde en confirmarse o que una reunión se postergue sin explicación, para que el mecanismo se active solo. Ya me veo desempleada, sin futuro laboral, repartiendo currículum en los comercios del barrio.
Aunque todo suene exagerado, y lo es, el problema no son las preocupaciones. Es el tiempo verbal. No me preocupo por lo que pasa: me preocupo por lo que podría pasar. Vivo en el condicional. En el "y si". Es una forma bastante agotadora de habitar el presente: estar físicamente acá, pero mentalmente en el ensayo de una obra, que seguramente nunca se estrene.
Al genio de Mark Twain le atribuyen una frase con la que me identifico demasiado: pasé por cosas terribles en mi vida, y algunas realmente ocurrieron. Me consuela saber que no soy la única con una imaginación que trabaja horas extra por motus propio.
Y acá una realidad bastante cruel. Los problemas de verdad no avisan. Aparecen sin música de suspenso. Y de alguna manera, una también los atraviesa o aprende a vivir con ellos. Ahí está la ironía: me preparé con tanto esmero para las emergencias equivocadas que las verdaderas me encontraron agotada.
Servicio a la comunidad: estamos gastando una cantidad obscena de tiempo angustiándonos por cosas que solo existen en nuestras cabeza. Capaz conviene usar toda esa energía en algo más útil. No sé, atraer cosas lindas, por ejemplo. O al menos descansar un rato del apocalipsis mental.
Dicho esto, este mensaje es para mis hijos: si salen con el pelo mojado al frío rioplatense, seguro se enferman. Quizá lo de la neumonía es exagerado. Pero si no se secan el pelo, los reviento. Vengo del futuro y les puedo asegurar que eso sí va a ocurrir.



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