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"El arte de escuchar"

  • elisalieber4
  • 5 jun
  • 3 Min. de lectura

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Por Elisa Lieber


Llegás a un restaurante con tu pareja. Elegís la mesa junto a la ventana. Te calzás los lentes para leer el menú y, en un gesto táctico, le ofrecés para compartir (más platos, más chances de embocar). Dejás el celular boca abajo como un acto de cortesía que pretende decir: “Estoy presente”. Y justo cuando la charla empieza a fluir  -zassss-  escuchás sin querer una frase mágica: “le encontré un mensaje en Whatsapp”. Chau cena, chau concentración. Hola conversación de la mesa de al lado. 


Tengo una teoría no avalada por la Universidad de Massachusetts, pero sí por mis amigas. La mitad de la humanidad disfruta de espiar conversaciones ajenas. Una tarea que parece sencilla, pero no lo es. Hay que sintonizar muy bien los radares auditivos para oír a la persona que está espalda con espalda, justo detrás tuyo. Y eso genera dos graves problemas (sin solución aparente):


  1. No escuchás con claridad la respuesta del interlocutor (y queda un “poquito” mal pedirle que hable más fuerte).

  2. ⁠No les ves las caras para recabar información de contexto (y si te levantás para ir al baño, te perdés parte de la conversación).


Aclaro, no me interesan los chismes (dijo nunca nadie). Es otra cosa. Es crónica urbana. Es una especie de trabajo periodístico no solicitado. Es la fascinación por las vidas reales, por el drama cotidiano, la infidelidad sugerida, la madre que no entiende, el jefe que no escucha. Es el morbo mínimo. 


A veces me siento mal. No por escuchar, sino porque después quiero saber cómo sigue. “¿Lo perdonó?”, “¿era prima o la ex?”, “¿Y qué pasó con la plata que faltaba?". Preguntas que jamás tendrán respuesta, como una serie de Netflix cancelada antes del final. 


Y, justamente, esas preguntas abiertas son lo que más me atrae del voyeurismo involuntario. Me permiten construir historias sobre cimientos ajenos. Rellenar huecos con hipótesis ridículas. Imaginar teorías que nacen de la pura especulación, basadas en frases sueltas o, incluso, en gestos o apariencias físicas. “Es una arpía”, “no se la banca más”, “es cuestión de días que lo mande a freír churros”. Puedo inventar finales dramáticos, reconciliaciones épicas o venganzas elaboradas sin que nadie salga lastimado. Es como jugar al Elige tu propia aventura, pero con actores reales que no saben que protagonizan una ficción creada por el comensal de al lado. 


Pero, atención, hay algo más humano y reconfortante aún en todo esto de parar la oreja: saber que a todas nos pasan situaciones parecidas. Todas estamos medio rotas, medio confundidas, medio peleadas con alguien (o con nosotras mismas). Y necesitamos compartirlo, escuchar consejos, descargarnos. Sin filtro, sin timing, sin pudor. 


Desde niñas escuchamos cuentos de abuelas, maestras, desconocidas de la sala de espera. Y también narramos los nuestros para ponerle palabras al caos, para que alguien nos diga: “A mí también me pasó”, “Te prometo que no es para tanto”, “En un tiempo será una anécdota”. Porque si no lo contamos, no existe. Porque compartir historias nos salva de la soledad. Hablar y escuchar -sobre lo que duele,  incomoda, da vergüenza- también es una forma de sanar, de seguir adelante.


Así que admitámoslo sin tapujos: no hay nada más fascinante e inofensivo que ser testigo de un relato real, espontáneo y sin guion sobre las pequeñas tragedias de la mesa de al lado. Por eso propongo hacer una consulta popular que nos dé derecho a intervenir como observadoras neutrales en conversaciones ajenas, sin ser juzgadas. “Hola, disculpá, escuché que tu novio te engañó y necesito un poco más de información, para terminar este cuento”. 





 
 
 

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