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La bella rumiante

  • hace 10 minutos
  • 3 min de lectura

La otra noche miré el reloj. Eran las cuatro y algo. Sentía que llevaba horas sin pegar un ojo, aunque probablemente algo había dormido. O no. Imposible saberlo. Lo único seguro era que estaba ahí, dando vueltas en la cama como un pollo al spiedo. Me acomodé para un lado, para el otro, cambié la almohada de posición, respiré profundo, fui al baño, tomé agua, revisé el celular aunque sé que es pésima idea.


Y entonces empecé a pensar y pensar. Hay una hora de la madrugada en la que cualquier problema adquiere dimensiones ridículas: una deuda parece impagable, una discusión es irreversible y un proyecto en el que llevás meses trabajando se convierte en la peor idea que tuvo un ser humano desde la invención de la bomba atómica.


El libro. El libro que llevo meses escribiendo. Durante el día me parece razonable. Hay capítulos que me gustan, otros que corregiría cien veces más y algunos que todavía no entiendo cómo llegaron ahí. Lo normal cuando una escribe algo largo. Pero a las cuatro de la mañana no existe "lo normal". A las cuatro de la mañana el libro es una catástrofe. No tiene estructura. No tiene sentido. Los textos son malos. No, peor, son vergonzosos.


Tengo que apagar el bocho. A esta hora nadie piensa bien, me repito. Respiro pausado, intento pensar en otra cosa. No puedo. Recurro a las drogas. Me pongo cuatro gotitas de cannabis debajo de la lengua. No duermo. Sigo pensando exactamente lo mismo, solo que con una sensación más lenta y levemente psicodélica. Finalmente, tomo una decisión muy lógica: despierto a mi esposo y le digo:


—El libro es una mierda.


Abre un ojo y me mira.


—El libro está divino. Dormite y mañana hablamos.


Y ahí, obviamente, me enojo. Porque el pensamiento nocturno tiene una virtud extraordinaria: es inmune a la razón.


En 2022, investigadores de Harvard y de la Universidad de Arizona publicaron The Mind After Midnight (La mente después de medianoche). Dice que el cerebro humano no está diseñado para estar despierto a esa hora. El cuerpo atraviesa su punto más bajo: la temperatura cae, la corteza prefrontal —la adulta de la fiesta— funciona a media máquina. O sea: a las cuatro de la mañana sos vos, menos la parte de vos que sabe razonar. 


Esto tiene nombre científico: rumiación nocturna. Como las vacas que mastican una y otra vez el mismo alimento. La diferencia es que ellas, después de rumiar, obtienen nutrientes. Nosotras obtenemos gastritis. Y un cansancio crónico que se arrastra al otro día. Durante años confundí pensar con resolver. Creía que si seguía analizando algo, tarde o temprano encontraría la respuesta correcta. Pero hay un punto en el que pensar se vuelve una rotonda: una maneja atenta, sin tomar jamás la salida.


Las cuatro de la mañana son la sede central de la rumiación, pero tengo sucursales por todos lados. Pienso en la ducha, en el auto, en la fila del súper. Sobrepienso incluso mientras hablo con otras: hay una conversación arriba de la conversación, una directora técnica que me marca los errores en tiempo real y ya está viendo a quién mete en mi lugar.


A la mañana siguiente reviso el borrador de este libro. No era una catástrofe. Era mi libro. Ajusto un texto, corto un final, me cebo un mate. Mi esposo, que a las cuatro de la mañana sugirió la revolucionaria estrategia de dormir y hablar al otro día, tenía razón. Yo había elaborado diecisiete teorías sobre el fracaso. Él propuso cerrar los ojos. Para mi profundo disgusto, el amanecer desarmó el drama.

 
 
 

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