Personas en borrador
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—Tenemos que tomarnos un café o unos mates.
—Sí, estaría buenísimo, pero mejor una cerveza.
Este diálogo, basado en hechos absolutamente reales, es de los más hipócritas de la vida adulta, sin temor a exagerar. Y no es que falten las ganas. Las ganas, muchas veces, están. Lo que falta es la concreción.
La escena podría ser en un cumpleaños: te cruzás con alguien que hace tiempo no ves, charlas cinco minutos y aparece el “Che, tendríamos que ponernos al día”. O en Instagram: un like lleva a un mensaje y, cuando te querés acordar, arreglaste para tomar algún tipo de beberaje. Entonces, comienza la pantomima: encontramos un hueco y hasta lo agendamos. “Miércoles, 20:30”. Llega el lunes y nadie dice nada. El martes tampoco. El miércoles, alguno recuerda: “¡La cerveza!”. “Uf, se me complicó”. “¿Pasamos para la otra?”. Y ahí queda, en el archivo de promesas.
Este mal se da —sobre todo— en la segunda órbita de relaciones. Los amigos y familiares cercanos tienen mecanismos de supervivencia: meriendas pactadas, cumpleaños protocolares, grupos de WhatsApp que cada tanto logran sacar a sus integrantes del chat y llevarlos a un bar. Más lejos orbitan las ex compañeras de trabajo, las amigas menos íntimas, esa gente que nos gustaría ver más. Son personas en borrador. Intuimos que podríamos inventar algo juntas, armar un proyecto o simplemente tener una conversación buenísima.
Hace dos años —sí, dos— que quiero organizar una cena con mujeres de mundos distintos que, en mi rol auto adjudicado de casamentera intelectual, estoy convencida de que deberían conocerse. Una especie de networking por afinidad: picada de baguette con salame, vino y ver qué pasa. La lista de invitadas sigue creciendo. Las invitaciones siguen sin salir. Le llamo procrastinación del encuentro humano. Para inventar términos soy excelente. Para organizar la cena, bastante menos.
Quizá pensar en encuentros multitudinarios sea muy ambicioso. ¿Cómo voy a juntarme con gente que apenas conozco si muchas veces ni siquiera tengo tiempo para verme con mis amigas de siempre? Vivian Gornick escribió que la amistad es uno de los vínculos que arman una vida. El problema es que rara vez es urgente. Los hijos tienen horarios y necesidades, los padres envejecen, el trabajo tiene entregas. La culpa tiene autonomía. Las amigas, en cambio, pueden esperar. Creo que confiamos demasiado en eso.
Tampoco sería justo echarle toda la culpa a las obligaciones. Muchas veces cancelo por una razón menos noble: me da pereza, ahora llamada “paja” por los adolescentes. Llega el día, estoy cansada y prefiero quedarme en el sillón leyendo. Esa es la versión elegante. La verdadera es que agarro el teléfono para mirar algo y, cuarenta minutos después, estoy viendo a una señora de Wisconsin ordenar su heladera. No sé quién es. No quiero conocerla. Igual acabamos de pasar un buen rato juntas.
La cuenta es incómoda: no tuve un hueco para alguien que me interesa, pero sí para la doña de Wisconsin. Tampoco quiero ser una persona que aprovecha cada momento para escuchar un podcast a velocidad 1,5. Necesito perder el tiempo; reivindico la siesta y hasta el video idiota. El problema es que sigo esperando que aparezca otro momento. Después de esta entrega. Cuando termine aquel proyecto. Cuando pasen las vacaciones. En ese territorio imaginario voy a tomar todos mis cafés.
Hace unos meses, en la sala de espera de un consultorio, una conocida me presentó a una mujer con una sentencia: “Ustedes dos tienen que juntarse”. Dirigía un proyecto que me fascina. Intercambiamos teléfonos y arrancó el proceso de siempre: ¿cómo le escribo para tomar un café si apenas la conozco? ¿Y si piensa “esta quién es”? Dejé pasar unos días y finalmente le escribí. Nos juntamos, hablamos de trabajo y de cualquier otra cosa. Me presentó a otro realizador y hoy estamos armando un proyecto juntos. Todo porque un día hicimos una cosa bastante radical: tomar un café.
Nunca sabemos qué puede salir de un encuentro. A veces un trabajo, otras una amistad o, en el peor escenario, una hora perdida. Sé que no voy a juntarme con todas las personas que me gustaría —tampoco sé si quiero—, pero para lo que queda del año me propongo dejar algunas menos en borrador. Así que escucho ofertas: café, mate, cerveza, cena. No se ofendan si después no se concreta. Ya saben cómo funciona esto. Al menos intentémoslo.



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