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"El inevitable aleteo del murciélago"

  • elisalieber4
  • 6 may
  • 3 Min. de lectura

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Por Elisa Lieber, periodista uruguaya


Estaba saludando a mi hija, toda maternal y animada, hasta que lo vi: mi mano se movía, mi brazo la seguía… y un segundo después, la piel debajo del brazo también decidió sumarse al saludo. Tres tiempos, un mismo vaivén. Toda la escena en cámara lenta. Un “hola” con eco. Como si un pedazo de mi cuerpo tuviera autonomía. Las pieles colgantes habían llegado para quedarse o, más bien, para despegarse de mis bíceps para siempre. Me recomendaron hacer pesas, comer proteínas, dejar las harinas. Pero no había retorno. Había confirmado la ley de gravedad en carne propia. Comenzaba el aleteo hacia la vejez.


La vejez no llega de golpe. No. Es sutil. Llega con pistas. Con pequeños gestos del cuerpo que antes pasaban desapercibidos. Para unas, el primer síntoma es alejar el menú en un restaurante o sacar una foto de un sticker y agrandarlo para poder entender lo que dice. Para otras es quedarse dura al enchufar la computadora o que te cruja una rodilla al bajar un cordón. Para la escritora Nora Ephron, la alerta se encendió al ver su cuello. “Si la luz es buena, a menudo hago lo que hacen muchas mujeres a mi edad cuando se encuentran delante de un espejo: me estiro suavemente la piel del cuello para contemplar con nostalgia una versión más joven de mí”, dice en su libro de cuentos “El cuello no engaña” (si no lo leyeron, vayan ya a comprarlo y dejen de leer esto).


Para mí, la vejez llegó con un simple saludo y se instaló en cada aplauso o baile entusiasta. Son movimientos efímeros que podrían pasar desapercibidos, pero dejan huella. “Te comparto unos recuerdos de la fiesta de 15 de mi hija”, decía el mensaje junto a la foto. Y ahí estaba yo, radiante, bailando con mi solera nueva y con mis mondongos humanos agitándose como si también hubiesen sido invitados a la fiesta.


Había que ensayar nuevas estrategias para conservar algo de decoro. La elección de la ropa se volvió una operación minuciosa. Las musculosas pasaron a ser una prenda de alto riesgo. Posar para una foto, todo un trabajo de precisión. Ya no bastaba con intentar mantener los ojos abiertos: ahora también había que posar con el brazo levemente separado del cuerpo, para que la flacidez no se estampara contra uno y terminara siendo la estrella de la imagen.

Antes de seguir, paremos a reflexionar. ¿Sabían que nuestros apéndices de carne tienen nombre científico? Se llaman “alas de murciélago”. ¿Quién fue el hdp que las bautizó con el nombre del bicho más desagradable del planeta? Un animal que, para colmo, se ganó el título de agente viral mundial. O sea, podrían haberle puesto “alas de paloma” para no pegarle más en el suelo a nuestra autoestima.


Pero, ojo, no todo es drama. Cuando estiro el brazo entre el respaldo de dos sillas, mis pulpas bamboleantes atraen a mis hijos adolescentes (la única forma en que me toquen). Mi hija las apretuja como un squishy terapéutico. Mi hijo las hamaca como un salame que asoma de una baguette. Ya no soy más la mamá gallina de sus pollitos. Soy mamá murciélago, como lo fue mi madre y antes mi abuela. Un orgullo que se hereda.


Tengo que aceptar que mis carnes decidieron emanciparse y comenzar una carrera solista. Ya sé lo que están pensando: “No sos vieja, los 40-50 son los nuevos 30. Todo es una cuestión de actitud”. Dichos bien intencionados de personas que creen que envejecer es una falla de fábrica. No me considero en guerra con mi edad. Pero lo cierto es que aflojarse  -literalmente-  es complejo. No es solo que el cuerpo cambie, es que se vuelve otro y hay que aprender a habitarlo sin reclamarle todo el tiempo su versión anterior.


Quizá envejecer  -o madurar-  también sea eso: aflojar las exigencias, soltar las expectativas y mirarse con menos juicio. No por resignación, sino por decisión propia. Tal vez hay que ser más compasivas con nosotras mismas (sí, aunque suene cursi). Aceptar que el tiempo pasa, que no se puede detener. Que el foco está en otro lado. Volar más livianas. Porque esto es el comienzo (ojalá).


Así que de ahora en más me voy a parar frente al espejo del gimnasio y, mientras mis alas hagan lo que mierda tengan ganas, voy a pensar: “Esto también es rebeldía”. Porque en un mundo que exige firmeza y eterna juventud, tener un pedazo de cuerpo que se sacude sin pedir permiso, es una pequeña revolución personal. Y si la gravedad me quiere vencer, la voy a recibir con la frente y los brazos en alto. Siempre, eso sí, con mangas.

 
 
 

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