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"En teoría, pero no en la práctica"

  • elisalieber4
  • 22 oct
  • 3 Min. de lectura
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Me da un poco de vergüenza escribir esto por si mis hijos llegan a leerlo (chicos, todo es ficción). El tema es que muchas veces no cumplo con lo que me propongo. Por ejemplo, me encanta el vino, pero mi hígado no comparte la emoción. Entonces salgo convencida: “Hoy no voy a tomar, ya tomé ayer. El vino me cae pésimo”. Pasa un rato, alguien me ofrece una copa, y ahí estoy diciendo “bueno, un poquito nomás”. Y así me voy traicionando en gotas. No sé si me falta voluntad o me sobra deseo. Pero cada vez que digo “esta vez sí”, una parte de mí se ríe bajito. 


¿Pueden creer que existe un tipo de personas que dice que va a hacer algo y lo hace? No hablo de levantarse para ir a trabajar  -eso es supervivencia-, sino de esa especie casi extinta que cumple consigo misma. 


Les pido que feliciten a quienes dicen que van a ordenar el placard y lo ordenan. Sacan todo, doblan por color y separan lo que no usan, incluido ese jean que quizás algún día les vuelva a entrar. Aplaudamos también a las que van al médico y se hacen los exámenes sin que se venza la orden. Ni que hablar de las que se proponen suprimir las harinas. Yo veo un pan esponjoso y me abalanzo cual si Pedro Pascal me hiciera una guiñada.  


Las que hacen rutina de aparatos con pesas merecen un capítulo aparte. Las odio. Punto final. También están las que meditan todas las mañanas quince minutos. ¿Quince minutos? Yo tardo ese tiempo en sacarme las lagañas. A veces intento escuchar un audio de una mujer zen que recomienda que mis pensamientos fluyan. Fluyen, sí: la vianda, el mensaje al sanitario, la charla pendiente.


A las que envidio mucho son a las que leen un libro por semana (o, incluso, por mes) en días laborales. Yo me compro muchos, los apilo y los saco a pasear durante los fines de semana largos. Leo dos páginas y al toque los traiciono por el celular. Hablando de él: admiro a quienes apagan el teléfono a las once y se duermen. Yo prometo “estar más tranquila” y me lleno de actividades. Prometo no comprarle algo a mis hijos, y se lo compro “sólo porque hay descuento”.


A veces me gustaría ser una persona de hábitos firmes, sin necesidad de autoironía para disimular la culpa. Y lo peor es que la gente así nunca se jacta de hacerlo. Simplemente lo hace, con esa calma insoportable de quien tiene el control. Yo escribo dos párrafos sin distraerme y necesito que alguien me felicite por mi alto nivel de compromiso con la vida.


Tampoco quiero darme tanto palo porque dicen que hace mal hablarse mal a una misma. Hay que alentarse como una amiga que cada mañana se repite frente al espejo: “Tú puedes, tú puedes”. Y yo a veces también puedo. Les voy a contar mis dos mayores logros de los últimos tiempos: hace un año y dos meses dejé de fumar (chicos, sólo era fumadora social, aclaro). Y, casi al mismo tiempo, empecé a caminar tres veces por semana, incluso en invierno. Ovación cerrada del público presente.


Pese a mi gran mérito, en la mayoría de los casos, suelo dejar para mañana lo que puedo hacer hoy. No por pereza, sino por exceso de expectativas. Procrastino, intenciono, hago listas de cosas que voy a hacer. Me entusiasma mucho más la teoría que la práctica. El gran problema es que soy muy ambiciosa, quiero hacer todo y al mismo tiempo: caminar, cocinar, trabajar, ir a la feria y, de paso, salvar el mundo. ¿Y adivinen qué? Termino frustrada, con la sensación de ser una promesa que nunca termina de cumplirse.


Mi madre me lo dijo una vez al pasar: “Ay, mijita, el cuerpo es uno solo, y nosotros le pedimos tanto, todo el tiempo”. Y en esa frase estaba todo. No se trata de sumar metas ni de volverse una mejor persona por minuto, sino de aflojar un poco. De agradecer lo que sí hago, lo que sí puedo. De seguir deseando, pero sin convertir cada deseo en un deber. Capaz que madurar sea eso: dejar de tratarnos como un proyecto eternamente pendiente.


Y como no hay nada más liberador que justificarse, aquí va mi teoría: el problema no es mi falta de coherencia, sino mi exceso de imaginación. Porque una parte de mí ya se ve haciendo todo eso: ordenada, flexible, serena, hidratada. Y eso, de algún modo, me da la ilusión de que ya lo logré. Entonces me premio. Con una baguette. Con salame. Con vino. Y con la tranquila certeza de que mañana  -sin falta-  empiezo.


 
 
 

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