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"Escucho voces"

  • elisalieber4
  • 2 nov
  • 3 Min. de lectura
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Hay placeres simples: una cama tendida, el silencio de la noche, la sensación de que por fin se terminó el día. Me meto entre las sábanas sin hacer ruido, me calzo la placa dental para no romperme las muelas y empiezo a scrollear como si no hubiera mañana. Todo es paz hasta que, de repente, un reel con audio estalla en la oscuridad. Intento bajar el volumen para no despertar a nadie, pero ya es tarde: una coach me alienta a hacer abdominales de pared desde algún algoritmo del más allá. Los sonidos del teléfono se cuelan sin pedir permiso.


Me acostumbré a escuchar sílabas, pedacitos de vidas, frases cortadas, canciones que nunca terminan:

“¿Tenés un desastre abajo de la mesada? Probá este…” / deslizo el dedo / 

“En Uruguay, más de 400.000 perso…” / deslizo el dedo / 

“Do you understand my English but you can’t…” / deslizo el finger /

“Por la mañana café, por la talde ron” / deslizo el dedo y muevo la cadera /


Vivo inmersa en una sinfonía digital que compite por captar mi frágil atención. Y lo peor, no solo suena desde mi celular, sino también de las herejes del audio en voz alta. En cenas, salas de espera, ascensores. Un tip: cuando miras imágenes huecas, nadie se entera; pero cuando haces exhibicionismo sonoro, todas juzgamos. Ponete el teléfono en la oreja, por el amor de Dios. No necesito saber si el electricista está atrasado ni si tu amiga volvió con el ex (aunque quizá sí). Con mi propia orquesta digital me alcanza y me sobra.


Y por si el caos fuera poco, los audios de reels y WhatsApp se mezclan con las alarmas para recordar que tengo que tomar la vitamina B12, las notificaciones que anuncian la llegada de mails que jamás abriré y el ping que confirma que el restaurante recibió mi pedido de baguette con salame (aunque el driver esté eternamente en camino). 


Pero no todos son estímulos auditivos indeseados. Por suerte, alguien inventó los walkman (rebautizados auriculares) y puedo elegir con qué llenar cada segundo de mi vida: mientras limpio, me baño o camino por la rambla. Entrevistas que explican el mundo, podcasts que resumen a Kant en 12 minutos, audios de amigas que aclaran “escuchalo mientras hacés otra cosa”. Tengo tantas voces ajenas en la cabeza que necesitaría un moderador. Voces que me dicen cómo vivir, cómo pensar y —también— cómo relajarme.


Shhh… bajen el volumen, que me va a explotar la psiquis. Estoy aturdidaaaa. Y, lo peor, es que termino sin prestarle atención a las voces que sí importan. Cuando mi hijo quiere charlar, le disparo: “Pará, que estoy oyendo algo del laburo”. O le contesto el clásico: “sí, sí, te escuché”, una mentira con la que intento salvar mi examen de buena madre, cuando en realidad registré apenas tres palabras sueltas: mamá, algo, plata (esa siempre está presente)

Sufrimos de polución auditiva: nuestro paisaje sonoro está saturado. No hablo de la música que nos salva, ni de las conversaciones que valen la pena, sino de esta licuadora de ruido en la que giramos sin pausa para pensar, crear o simplemente descansar. El silencio dejó de ser un refugio: ahora parece una pérdida de tiempo. En una época donde todo suena, vibra o notifica, el verdadero desafío es escuchar qué queda cuando bajamos el volumen.


Hay una meditación de yoga que —paradójicamente— reproduzco desde el celular. Te invita a acostarte y abrir los oídos como radares, a detectar el sonido más lejano y el más cercano, incluso el que viene desde adentro. Después de unos segundos, escucho el viento, mi respiración, el silencio. No el silencio como vacío existencial, sino como espacio de contemplación. Una presencia que siempre estuvo ahí, aunque hace tiempo dejé de escucharla.


Y ahora me espera otro espacio de recogimiento espiritual: encerrarme en el baño a escuchar fragmentos de audios, descartarlos apenas reconozco una sí-la.., y pasarlos x2 para no perder tiempo. Podría leer la etiqueta del champú en silencio o contar los azulejos, pero prefiero sumergirme en un festival de ruidos superpuestos con excelente acústica. Sin que nadie me interrumpa, sin testigos de mi locura sonora.


 
 
 

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