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La buena de la película

hace 10 minutos
3 min de lectura

¿Vieron el juego "Yo nunca"? Ese en el que alguien dice "yo nunca tuve sexo en un avión" y las que sí tuvieron toman un trago de vodka, mientras vos simulás que te entró una llamada para no quedar como una pacata. Propongo una versión bastante menos divertida, pero más reveladora: "Yo nunca trataría mal a alguien que está laburando". "Yo nunca juzgaría a una amiga cercana". "Yo nunca discriminaría a nadie". Tengo clarísimo lo que nunca haría. Después está, por supuesto, lo que hago.


Madre, he pecado. Me voy a limitar, claro, a los pecados que puedo confesar en público. Hablé mal, con sorprendente autoridad, de alguien a quien no conozco en absoluto. Critiqué a otra por vivir en un tupper sin advertir que yo vivo en otro, solo que decorado a mi gusto. Opiné sobre un cuerpo ajeno, pero -obvio- sin juzgar. Una vez le avisé a una conocida, entre risas, que tenía rúcula en un canino, aunque sabía que tenía un problema en la dentadura. Eso todavía lo defiendo: ¿qué se suponía que hiciera, dejarla recorrer Montevideo así? Definitivamente, no soy mala persona.


En cambio, para las demás, tengo mejor ojo. Una amiga no llamó: egoísta. Yo no llamé: semana infernal. Alguien llegó tarde a una reunión: irrespetuosa. Yo llegué tarde: no sabés el tránsito que había. Una compañera de trabajo no aceptó una crítica: complicada. Yo no la acepté: hay mejores formas de decir las cosas. Otra hizo un comentario homofóbico: imperdonable. Yo hice el mismo: era un chiste. Las demás tienen defectos. Yo tengo contexto. 


Las peleas familiares son un gran escenario de nuestra impecable opinión sobre nosotras mismas. Durante decenas de años, dos personas con el mismo apellido repasan los mismos episodios desde veredas opuestas. "Yo intenté acercarme", dice una. "Yo hice todo lo que pude", dice la otra. "El problema es que no escucha", coinciden, por fin, en algo. Nunca ví una historia familiar que termine así: "En fin, qué querés que te diga, fui una pelotuda".


Me llevó años de terapia aprender a valorarme, a reconocer mis virtudes. Y me copé. Soy bastante sensata, mis hijos son re buena gente, mis amigas son compasivas. Sin darme cuenta, fui construyendo una especie de barrio privado moral. El problema de los barrios privados es que, para que algunas estemos adentro, otras tienen que quedar afuera. Si yo soy lúcida, alguien tiene que ser medio corta; si soy empática, alguien será una insensible; y si soy la razonable de la familia, necesito, por lo menos, un par de irracionales alrededor.


A escala colectiva hago lo mismo. ¿En qué momento una autoestima positiva se convierte en una teoría favorable sobre nuestra posición en el mundo? Somos tolerantes, salvo con quienes consideramos intolerantes. Estamos contra los prejuicios, pero podemos meter a musulmanes, judías, varones, feministas, inmigrantes, rubias o bolches en una misma bolsa. Podemos despreciar sin dejar de sentirnos empáticas. Las otras tienen prejuicios. Nosotras tenemos argumentos (superiores).


El fenómeno tiene una capa más. Existe un concepto llamado moral grandstanding: usar ciertas causas o convicciones para ganar estatus, demostrar que una está del lado correcto y, detalle no menor, dejar claro quién no lo está. Las investigaciones lo asocian con mayor conflicto y polarización. En una época atravesada por las cancelaciones y los tribunales instantáneos, estar del lado de las buenas puede volverse una posición más cómoda. Las malas son las otras. Sin ellas, tendríamos que mirarnos más a nosotras mismas.


La tradición judeocristiana lleva miles de años intentando resolver este asunto. Inventaron pecados, mandamientos, confesiones, días enteros para pedir perdón y hasta la promesa del paraíso para quienes se portan bien. Todo para lidiar con una noticia bastante incómoda: quizá no seamos tan buenas como creemos. "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra", nos avisaron hace dos mil años. Y acá estamos, a las pedradas.


Llevo días leyendo sobre superioridad moral, repasando mis pequeñas miserias y preguntándome si no seré menos empática, honesta y buena de lo que figura en mis registros. No llegué a ninguna conclusión, salvo una que me tranquiliza: soy capaz de cuestionarme, mirarme y reconocer mis contradicciones. No cualquiera hace ese trabajo. Y ahora que lo pienso, el solo hecho de haberme hecho todas estas preguntas habla bastante bien de mí. ¿Nocierto?



 
 
 

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