Todas las anteriores son correctas

Hace unos días murió Gloria Steinem. Durante más de medio siglo militó, escribió y habló sobre feminismo. Vista desde lejos, su vida parece una línea recta. Pienso en las poetas que son poetas, en quienes llevan treinta años divulgando ciencia y aún quieren saber más, en los religiosos que siguen creyendo en lo mismo. Esa gente me da una envidia profunda. No por la causa, sino por la claridad: son algo. Yo, en cambio, no soy nada. O, para ser más pretenciosa, soy muchas cosas. Las suficientes como para arruinar cualquier cuestionario múltiple opción.
La semana pasada alguien que recién conocía me preguntó cómo me definía. Como una tiene que empezar por algún lado, dije periodista. Pero también hago documentales, escribo columnas, doy clases, participo en una tertulia política y lleno planillas de Excel. Me cuesta quedarme en un solo lugar. Durante años pensé que, con suficiente terapia, iba a descubrir quién era. No aspiraba a una revelación espiritual ni a seis meses en la India. Me conformaba con una bio.
Tampoco es que me guste o me dé lo mismo todo. Hay líderes mundiales que me parecen una mierda de personas, libros que abandonaría en la primera línea y canciones que solo tolero después de cierta cantidad de alcohol. Me encanta la naturaleza, pero no recorrería Uruguay en bicicleta. Me gusta la baguette con salame y odio la textura del mondongo. Puedo leer a Susan Sontag y, diez minutos después, comprar un producto que me va a sacar el frizz para siempre. No veo por qué una cosa debería anular la otra.
Y entonces escribí un libro. Se llama “Otra que yo”, lo cual, visto en retrospectiva, fue una decisión poco sutil. Cuando lo terminé y lo vi entero, descubrí que le pasaba exactamente lo mismo que a mí: había de todo, de todas, de mí misma en varias versiones que no siempre se saludan entre sí. El propósito, el tiempo, las herencias, las frases que repetimos sin saber de dónde vienen, el cuerpo, la pareja. Y también algún intento por no envejecer que terminó con la frente inmovilizada por el botox y una expresión perpetua de asombro.
La primera vez que vi la portada de mi flamante libro me quedé mirándola: yo, de espaldas frente a un espejo. Una ilustración preciosa y misteriosa. Pensé: qué escritora seria que soy. Después me acordé de lo que había escrito. Y el problema se volvió evidente cuando hubo que explicarlo.
—¿Cómo definirías el libro?
—Tiene humor.
—¿Es un libro de humor?
—No.
—¿Ensayos?
—También.
—¿Autobiográfico?
—Bueno, estoy bastante. Pero estamos muchas.
—¿Es sobre mujeres?
—Sí. Aunque también es sobre hombres.
—Perfecto. ¿Y de qué trata?
No supe qué contestar. Quizás porque siempre creí que definirse era ir descartando versiones hasta quedarse con una. ¿Soy la que se prepara horas para opinar sobre política o la que dedica una cantidad indecente de energía a repasar conversaciones pasadas? ¿La que creció escuchando que había que salir con la bombacha en buen estado por si tenía un accidente o la que veía a los adultos fascinados con las vedettes? ¿La que se inquieta por el activismo en redes o porque alguien contestó "lo que quieras" a la hora de cenar?
Ahora que “Otra que yo” está por entrar a imprenta, me doy cuenta de que el libro tampoco consiguió quedarse en un solo lugar. Hay crónicas sobre mis tetas —esto es para que lo compren—, el desdoblamiento que implica tener hijos, la extinción de las llamadas telefónicas y la depresión de mi bisabuela. Hay listas de supermercado, chistes de mi padre, cuestionarios y algún que otro ensayo de respuestas. Hay mandatos familiares, parejas, cuerpos, celulares adosados a esos cuerpos y una veneración al pan con manteca.
Escribí doscientas páginas para averiguar, de una buena vez, qué mujer soy. a) La que me impusieron. b) La que quise ser. c) La que fui mientras estaba ocupada en otras cosas. d) La que se mira en el espejo y se escapa. Marqué todas las respuestas. Por las dudas lo hice con lápiz.



Comentarios