La culpa burguesa: “Lo saqué en promoción”
- elisalieber4
- 19 jun
- 3 Min. de lectura

Por Elisa Lieber
Hace un par de semanas conocí la plenitud. No exagero. Me fui de viaje a Río con unas amigas y, créanme, es peligroso conocer la felicidad absoluta porque después todo parece poco. Y, antes de que empiecen con suposiciones, les aclaro: era la primera vez que nos íbamos juntas; alquilamos un Airbnb que era una ganga; Brasil está muy barato. Y, obviamente, sacamos los pasajes en promoción. ¿Por qué les rindo cuentas? Porque desde que decidimos irnos, me encontré justificándome en público, excusándome como una adolescente que llega tarde. Otra vez, la culpa se había apoderado de mí.
Seguro que están pensando: “drama de cheta; ojalá todas tuviésemos esos problemas”. Y capaz (seguro) tienen razón. Al final, este cargo de conciencia es sólo otra forma de privilegio: el lujo de sentirse mal por sentirse bien. Pero, ojo al piojo, no se hagan las desentendidas, hipócritas lectoras. En determinada franja económica y social, todas somos unas fucking burguesas (o hamburguesas, como me gusta decir para que suene más digerible). Algunas tenemos más margen en plata y cabeza, otras menos, pero muchas argumentamos nuestras decisiones, sobre todo frente a nosotras mismas.
“Me compré las botas en cuotas y las voy a usar mil veces”. “¿Para qué laburo tanto si no es para disfrutar?”. “Mis hijos van a liceo privado, pero fueron a escuela pública”. “Siempre dono al merendero”. “Este año me voy a tomar más vacaciones porque estoy agotada”. “Le compré entradas para ver a Taylor Swift porque era su sueño”. “Viene una señora a limpiar porque trabajamos todo el día”. “La vida es una sola, bla bla bla”.
Hace unos años una amiga argentina me dijo que los uruguayos tenemos un problema crónico con la plata y el disfrute. No solo nos da culpa y vergüenza gastar (ahora le dicen “invertir”), también nos creemos con la autoridad moral para juzgar a quienes lo hacen. “Ah, pero tiene iPhone”. “Ah, pero viene a trabajar en auto”. “Ah, pero vive cerca de la rambla”. Y entonces, agregó la porteña, van por la vida jurando humildad, pidiendo permiso y perdón por todo.
¿Con lo que gasté en el viaje, una familia podría alimentarse? Sí.
¿Eso me hace cruel? No (bueno, quizá).
¿Entonces qué hacemos? ¿Suspendemos la felicidad hasta que el mundo sea justo?
Para que vean mis costuras, me da culpa hablar de esto cuando estamos rodeadas de enfermedades, pobreza, guerras, desigualdades. Lo pienso mientras escribo y me digo: “qué banal todo esto, qué poco urgente”. Pero no las quiero meter a todas en mi bolsa de culposas judeocristianas. Cada una pone su plata y su culpa donde quiere o puede.
Yo, personalmente, estoy harta de pensar si me lo merezco o si sería más correcto invertir ese dinero o tiempo en otra causa. Como si para cada decisión tuviese que adjuntar un acta de sacrificio previo; un recibo de conciencia; un certificado de valores morales, sociales y éticos.
Esto no significa cagarme en lo que le pasa a los demás. Sé que acá nadie se salva solo. Sé que el compromiso es colectivo y que no alcanza con ser un “sensible de sillón”. Hay que seguir actuando, moviéndose, consciente de mis privilegios y también dispuesta a cuestionarlos, a incomodarme. Pero también sé que puedo disfrutar sin autoflagelarme y sin andar pidiendo disculpas por existir. Y no hablo solo de plata: hablo de no tener vergüenza de estar bien. De no esconderse, de no boicotearse, de no justificarse.
Por lo pronto, yo decidí viajar con mis amigas y entregarme a la felicidad más absoluta. Y volver. Y compartir la alegría. Y, también, seguir preguntándome qué más puedo hacer por mí y por nos/otros.
¿Soy una crá? Quizá.
¿Me lo merezco? No sé.
¿Esta columna es una forma de exculparme? Puede ser.
Mientras, me voy a comer una baguette con salame y queso que me compré en el almacén de la esquina. Por supuesto, en promoción.




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