"M’hija la CEO"
- elisalieber4
- 31 ago
- 3 Min. de lectura

En la última entrega de INCORRECTA decía que a veces no sé quién soy (la tipa se creía que la seguían como una serie de Netflix). Bueno, les mentí. Lo sé perfecto, sobre todo cuando me tengo que presentar en eventos sociales:
—¿Y vos a qué te dedicás? —me pregunta una chica, mientras trato de no pincharme la boca con un palillo con queso y cereza.
—Soy periodista, justo renuncié a mi cargo como gerenta para América Latina y el Caribe de una multinacional de contenidos periodísticos —respondo con una sonrisa moderadamente humilde.
Listo. Curriculum desplegado. Modo LinkedIn activado. Ese “ah, mirá qué interesante” que me devuelven nunca sé si significa: “¿entrevistaste a alguien famoso?” o “¿salís en la tele?”. Pero da igual, el público aplaude y mi ego se infla. Total, nadie necesita saber si pasaba el día rellenando excels incomprensibles, ni si era buena jefa. Mucho más glamoroso que me imaginen cerrando un negocio millonario en una playa caribeña. Mi título laboral se convirtió en el atajo perfecto para este mundo simplista.
Confieso que hubiera preferido tener un cargo en otro idioma. ¿Cómo me queda CEO (chief executive officer)? ¿Very important people, nocierto? Si digo “soy fundadora de un emprendimiento propio” quedo como una buscavidas. Pero “consultant, partner o founder” ya suena a que tengo acciones en Silicon Valley.
Mi trabajo era mi identidad. Y ahora que renuncié me cuesta encasillarme en una tarjeta de presentación. Si digo que “escribo”, soy una vaga con wifi. Si digo que “creo contenidos”, sueno a vendedora de humo. Si digo “freelancer”, ya me imaginan en jogging, comiendo restos y mandando e-mails desde el water (lo cual es tristemente cierto).
Desde chicas nos preguntan qué queremos ser, y “ser” siempre significa “trabajar de algo”. Ser cariñosa, curiosa o buena compañera nunca entra en la ecuación. Ser es producir. Producir es valer. Nuestro trabajo es nuestro escudo social. La empresa es sinónimo de prestigio y el sueldo se convierte en un atributo.
Si sos enfermera, es porque no te dio para ser médica. Si sos empleada doméstica, te recomiendan decir que sos cuidadora. Si trabajás menos de ocho horas, es porque no querés progresar. Nuestra identidad se reduce al trabajo, como si eso dijera más de nosotras que cualquier otra cosa. No importa si sos egoísta o generosa; si destratás a tus compañeras o las hacés reír; si disfrutás lo que hacés o soñás con huir.
Obvio que trabajar tiene sentido, nos hace bien y, por muchas razones, puede ser disfrutable y necesario. Pero somos mucho más que eso. La gente se presenta como si fuera un folleto corporativo: “Soy PhD en ética algorítmica”, “soy grado 5 en neurocirugía”, “soy maestra con especialización en…”. Lo más ridículo es que terminamos creyéndonos el personaje. Como si caminar todas las mañanas, llevar a tus hijos al colegio o cocinar pan casero no hablara también de quién sos.
A veces imagino otras formas de presentarme que incluyan diferentes sensibilidades: “si me pongo nerviosa, inhalo y exhalo con ruido”; “abro la boca cuando me concentro”; “contesto todos los mensajes en tiempo real”; “tengo una playlist que se llama Quechengue”; “intercalo un mordisco de mandarina con uno de banana”. Donde el “¿qué hacés?” no se responda con un cargo, sino con un montón de rarezas.
Entre tanto, si tengo que elegir un título, descarto ‘periodista’ y me quedo con ‘parodista’ (tranquilos, no del carnaval): parodia de mí misma que desarma la solemnidad del cargo. Aunque, para ser justa, tengo una habilidad mucho más práctica para poner en el currículum: “Soy una oyente profesional de conversaciones ajenas en restaurantes”. Es decir, me gusta crear historias.




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