top of page
Buscar

"Me autopercibo con razón"

  • hace 9 horas
  • 3 Min. de lectura

​​


Hay gente que se autopercibe perro. Yo, en cambio, me autopercibo con razón. No lo digo desde la soberbia  -porque también me considero humilde, obvio-,  sino desde una convicción íntima: suelo ser sensata, lúcida y bastante justa. Y, si no lo soy, tengo una solución: me construyo un relato a medida que me deje bien parada.


Cuando fumaba decía: “de algo me voy a morir”. Ahora que no fumo, sostengo que inhalar humo es absurdo. Cuando trabajaba sin parar repetía que el trabajo era salud. Ahora que trabajo menos, declaro que mi salud no tiene precio. Si viajo, afirmo que la vida es una. Si me quedo en casa, descubro que el placer está en lo simple. Cuando no hablo de política es porque mejor no opinar sin saber. Y cuando me meto, es porque no puedo ser indiferente. 


Básicamente, haga lo que haga, siempre tengo una explicación coherente de lo que ya decidí hacer. Primero elijo el destino. Después redacto el camino. Armo argumentos, los ordeno, los pulo un poco y listo: decisión fundamentada. Y, en el caso hipotético de que mi versión no cierre, la falla está afuera: en el contexto, en las otras, en el clima… La conclusión, en mi caso, llega antes que las pruebas.


Parezco más saludable cuando estoy un poco bronceada, ¿no es verdad? En mi casa rindo más que en la oficina, ¿no es verdad? Veranear en Punta del Este es para ricos, ¿no es verdad? Tengo una amiga que corona cada frase con una pregunta que no espera respuesta. Y yo, que también defiendo mis certezas, me muerdo la lengua para no decirle que no es la verdad; es su verdad. 


Después de un análisis exhaustivo de la metadata de mi audiencia, sé lo que están pensando: “cada una puede hacer de su vida lo que se le cante”. No hay decisiones buenas ni malas, solo personas distintas haciendo lo que pueden. De eso se trata, ¿no es verdad? De aceptarnos, tolerarnos, convivir en paz. Lo digo con una sonrisa amplia… hasta que el discurso de la otra me parece contradictorio con su forma de actuar o, simplemente, me incomoda. Ahí la tolerancia empieza a crujir.


Hay escenas que me irritan: el vegetariano con zapatos de cuero; el que quiere trabajar poco pero no llega a fin de mes; el que critica un conflicto pero no otro. Qué fácil es predicar, pienso, y qué difícil sostener. Y mientras señalo con el dedo índice bien firme, hay otro dedo  -mucho más discreto-  que me apunta a mí. Pero ese, curiosamente, casi nunca lo veo.


A veces me pregunto qué pasaría si pudiera mirarme desde afuera. Como si yo fuera esa otra que analizo. ¿Seguiría pareciéndome tan sensata? ¿Tan coherente? ¿O lo que digo, lo que compro, lo que voto y lo que exijo sería apenas un collage de recortes que no combinan, pero que defiendo con pasión porque llevan mi firma?


Al final, una se arma el relato que le conviene. Y está bien: no podemos vivir haciéndonos controles éticos cada cinco minutos. Necesitamos contarnos una versión amable de nosotras mismas para dormir tranquilas. Pero cuando nos instalamos demasiado cómodas en nuestra razón, dejamos de escuchar a las otras. Dejamos de cuestionarnos. Nos volvemos sólidas, sí, pero también rígidas: un bloque compacto que ya no razona y siente, solo se autoconfirma.


Entro a una reunión con mi cuaderno. Escucho, asiento, digo “puede ser”. Y espero el instante en que me toque explicar la realidad. Tener razón es cómodo. Tener razón y ser humilde es otro nivel. Puedo decir “capaz estoy equivocada” con una serenidad que emociona, mientras repaso mis maravillosos argumentos. Lo único inquietante es que, cuando levanto la mirada, la sala está llena de genias como yo. Y nadie quiere bajarse del podio.


 
 
 

Comentarios


Envíame un mensaje y dime lo que piensas

¡Gracias por tu mensaje!

© 2035 Creado por Tren de ideas con Wix.com

bottom of page