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"Mentes scrolleantes"

  • elisalieber4
  • 19 may
  • 3 Min. de lectura

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Por Elisa Lieber, periodista uruguaya


Mi hija me pide que le saque entradas para un recital. Una tarea sencilla para una super madre digital como yo. Agarro el celular y empieza la odisea. Un recorrido lleno de desvíos y escalas, a imagen y semejanza de lo que ocurre dentro de mi cabeza.


Primera parada: WhatsApp, una panadería con bizcochos calientes que me atrae. Sticker va, emoji viene. Sin darme cuenta, estoy en Instagram: el dedo actúa solo, scrolleando vidas ajenas. Una amiga me manda un reel con una foto del Coliseo que dice: “El año que viene viajarás a Italia con tu primer contacto”, que obvio es ella. Le escribo: “sacá pasaje, que pido el taxi”. Paso un segundo por Linkedin para ver si apareció una oferta laboral. No está. Pero un CEO subió una lista de diez apps de inteligencia artificial que van a revolucionar mi vida. Copio el link y me lo mando a mí misma (sabiendo que jamás lo abriré). Cuando vuelvo a WhatsApp, hay cien mensajes de mis amigas organizando una salida. Justo ahí, aparece mi hija y me pregunta:


  • ¿Sacaste las entradas?

  • ¿Qué entradas?

  • Estás pérdida.


Sí, efectivamente, estoy perdida en un laberinto interno. Tengo desactivado mi GPS mental. No sé qué estoy haciendo, ni qué hice, ni qué tengo que hacer. Salto de app en app, de estímulo en estímulo, de tarea en tarea, como si estuviera jugando a “el piso es lava” en mi propio cerebro.


Y lo más preocupante: mi mente sigue scrolleando, incluso cuando no tengo el celular en la mano.


Desde hace un tiempo, terminar algo se volvió una hazaña. Escribo un mail y dejo el asunto en blanco. Abro la heladera sin la menor idea de qué buscaba. Trato de leer un libro, pero termino googleando al autor, pensando que falta detergente o imaginando un posible reportaje. Y así, una cosa lleva a otra, y a otra más. Existo en pedacitos, en versiones simultáneas de mí misma que nunca llegan a destino.


No le voy a echar toda la culpa a las pantallas por mi “dispersión”. Se suman la premenopausia, el multitasking típico de las mujeres, la agenda capitalista que acumula actividades. Pero sí: le voy a echar la culpa a las pantallas. No sólo me atraen y distraen. También me alientan a pensar fragmentado. Una costumbre que adquirí en la época de Bill Gates cuando comencé a abrir muchas ventanas al mismo tiempo. 


Los yankees, por supuesto, ya le pusieron nombre. Le dicen doomscrolling: esa compulsión de bucear sin rumbo entre noticias, desastres y memes, como si en el próximo posteo estuviera la salvación del mundo. Aunque tienen un término más cruel para describir esta nueva forma de existir: brainrot. Cerebro podrido. Como una fruta olvidada en la heladera. Esa misma heladera que sigo abriendo sin saber para qué.


Este scrolleo mental se infiltró en mi rutina. Me sabotea la concentración, agujerea mi memoria y me genera ansiedad. Y, como si fuera poco, reaparece de madrugada, cuando debería dormir. Ahí estoy, con la cabeza prendida fuego, repasando listas inexistentes y recordando cosas irrelevantes. Quiero llorar. 


Si son tan capos allá en el norte, necesitaría que inventen una app que realmente sirva, una que te recuerde en tiempo real lo que ibas a hacer, te organice las prioridades y bloquee tu cerebro hasta que termines una maldita tarea. Una inteligencia natural como las de antes: las que cocinaban estofados durante seis horas o leían un libro sin tener que volver al párrafo anterior para ver de qué venía.


¿Se acuerdan cómo era vivir sin esta sobreestimulación absurda? ¿Cómo era hacer una cosa con principio, desarrollo y final? Necesito volver a pensar en una sola cosa a la vez. Aunque sea mirar el techo. Terminar de escribir esta columna sin distracciones. Sin notificaciones, sin pestañas abiertas. Necesito comprarme un rimel que no se corra con el agua. La gotera debe ser de un caño roto. Voy a mandarle al sanitario un whatsapp. Pero primero tengo que… ¿qué te estaba diciendo?

 
 
 

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