Moralista de feed
- elisalieber4
- 14 jul
- 3 Min. de lectura

A veces prefiero evitar las redes. En treinta segundos paso por todas las emociones: envidia de los que están en el Caribe, culpa por no estar corriendo por la rambla y, sobre todo, angustia por un bombardeo en una zona residencial o una inundación que arrasa con un barrio. La indignación se instala en mí. Tengo que hacer algo ya. Posteo una foto impactante y escribo: “Hacer silencio es ser cómplice”. Durante los primeros minutos refresco las visualizaciones como quien espera un parte médico. Diez corazones, dos caritas llorando, un “totalmente” de mi prima. Misión cumplida. Me siento un poco mejor. Ya puedo seguir tomando mate.
No me estoy burlando de mí misma (un poco sí), estoy reflexionando en voz alta. Tengo claro que mi posteo no va a derrocar a un mandatario, ni bajar dos grados la temperatura causada por el cambio climático. Con suerte, si el algoritmo quiere, lo verán algunos de mis seguidores y cinco lo compartirán antes de caer en un reel de la China Suárez.
Esto no es nuevo. El sociólogo y filósofo polaco-británico Zygmunt Bauman lo bautizó “activismo de sofá”. Otros le dicen “clickactivismo”. Una especie de confesionario laico donde absolver nuestra culpa de la inacción con un posteo. No exige salir de casa, ni gastar plata, ni tiempo. Solo se necesita wi-fi y una capacidad ilimitada de indignación con lo que pasa en el mundo (aunque muchas veces ignoramos lo que ocurre a unos kilómetros).
Las redes se han convertido en vidrieras digitales donde mostramos nuestras credenciales morales con declaraciones del tipo:
No puedo creer que esto esté pasando en pleno siglo XXI. ¿Hasta cuándo?
La humanidad me da vergüenza.
¿Dónde están los que tienen que hacer algo?
Si no te duele, sos parte del problema.
Todos los ojos en…
¿De qué lado de la historia estás?
Las causas se transforman en identidades. Se trata de decir “yo soy de este bando” y, sobre todo, dejar bien claro que no soy del otro. A veces me pasa: veo a una conocida callada y me tiento con escribirle “¿no vas a expresarte?, ¿no te importa nada?”. Como si el silencio digital fuera una forma de traición. Como si no postear o reaccionar fuera equivalente a la indiferencia real.
Y así, como quien no quiere la cosa, nos convertirnos en community managers de nuestra conciencia social: usamos las redes para reafirmar nuestras creencias. Descartamos de antemano miradas distintas porque desafían la versión reducida que tenemos del “otro”. Y acá me salta la periodista: ni siquiera chequeamos lo que replicamos, ni nos tomamos un tiempo para escuchar diferentes campanas. Para ver si lo que compartimos realmente informa o simplemente confirma ese sesgo que llamamos causa.
La cuestión no es silenciarse. La indignación sirve para visibilizar, conectar e, incluso, impulsar revoluciones. La trampa es cuando el posteo es un fin en sí mismo. Cuando reemplaza la acción y se convierte en moralina de feed. Cuando nuestra indignación es performativa. Capaz no podemos cambiar el mundo desde el sillón (difíciles por mil), pero hay pequeñas cosas que sí podemos hacer: escucharnos entre nos/otros; leer más allá del algoritmo; conversar con quien incomoda; dudar de lo que damos por hecho, y organizarnos como colectivo.
Y ahora, después de esta profunda crítica al “activismo de sofá” voy a postear esta columna. A ver si me dan likes y me felicitan por ser tan comprometida. Y me sentiré satisfecha, con la dignidad de quien ha luchado todo el día sin moverse de su casa, mientras me como una baguette con salame.




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