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"Otra que yo"

  • elisalieber4
  • 22 abr
  • 3 Min. de lectura

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Por Elisa Lieber, periodista

En los 90 estaba casi convencida que, con un poco de esmero, podía ser como Jennifer Aniston. Recién empiezo y ya las veo a todas corriendo a ver mi foto de perfil. En serio, no se rían. Hace 30 años tenía un pelazo dorado y, pese a mis caderas judías alimentadas con harinas y papas por siglos, los jeans bajos me disimulaban las curvas (¿vieron que el tiro alto no favorece a nadie?). Pero no solo quería ser igual a Aniston físicamente, también quería tener el humor de Rachel de Friends (ni idea cómo es la Jenny sin guión). Por si les quedaban dudas, fracasé. Pero mis ganas de ser otra nunca me abandonaron.


Mi primer recuerdo infantil es un clásico: soñaba con saltar por los aires, vestida con mi malla blanca, y que el jurado me diera el primer diez de la historia de la gimnasia olímpica, como a Nadia Comaneci (para lectores de otra generación, algo así como Simone Biles). También fantaseaba con ponerme el mono amarillo de Yolanda, de Parchís, con la esperanza de que Tino, el chico de la banda, me mirara (símil Lali con Peter Lanzani, en Casi Angeles).


Después me volví más profunda. Como buena periodista, quise ser como Blanca Rodríguez o Barbara Waters, del programa estadounidense 60 Minutos. Una transgresora como Gloria Trevi o Fabiana Cantilo. Una filósofa como Hana Arendt, una artista como Frida Kahlo o una escritora como Nora Ephron o Lalo Barrubia (me gusta, pero sobre todo la menciono para hacerme la interesante). 


Obvio que también tuve el deseo de ser hombre: Mujica, Obama, Caetano (Gerardo y Veloso). Quise ser Messi para que mi hijo me amase. Ahora quiero ser como Pedro Pascal (en realidad con él quiero tener un affaire).


Hasta aquí, todas deben estar pensando “sí, claro, me pasó a mí también”. Todas soñamos con ser como alguna famosa o famoso. Pero ahora viene la parte más perturbadora, y que quizá también les haya pasado a ustedes, hipócritas lectores.


Quise ser descendiente de exiliados, indígena o afro. Básicamente, quise ostentar el título de minoría desfavorecida, para evitar ser una privilegiada con culpa burguesa (esto queda para otra columna muuuy extensa). Por supuesto, hay quienes la luchan más o la pasan peor. Y, aunque suene absurdo, a veces me gustaría ser como ellas solo para dejar de cuestionarme, para no tener que justificarme (ay, pobrecita yo). 


Tuve deseos de ser como mi amiga inteligente; la deportista; la que le cae bien a todos (y la que le cae bien todo); la que cocina casero; la famosa; la que le encanta su laburo; la que se levanta como si tuviese brushing; la que tiene relación abierta; la artista, e -incluso- la que corre el bondi para ir de un laburo a otro.


Otras personas, otros cuerpos, otras vidas. El dilema no es nutrirme de quienes me rodean, algo que hacemos desde que la mujer es mujer (tomá para vos patriarcado). El drama es vivir con la ilusión crónica de que hay algo mejor, más brillante o más loable ahí afuera. La otra siempre parece más realizada, esforzada, plena. Porque, claro, el jardín de la vecina siempre es más verde, sobre todo en época de redes sociales. Aunque lo que vea sean las plantas más altas, esas que ocultan los fracasos, las cicatrices y la incertidumbre que también llevamos dentro. 


Y para qué seguir escribiendo, si ya lo dijo mejor otra. “Yo antes quería ser los otros para conocer lo que no era yo. Entonces entendí que yo ya había sido los otros y que eso era más fácil. Mi experiencia más grande sería ser el otro de los otros: y el otro de los otros soy yo”, decía la gran escritora brasileña Clarice Lispector, dejándome una pregunta repiqueteando: ¿habrá otras que quieran ser yo? Después les cuento lo que no se ve y ahí deciden. 


Parece que no hay otra que ser una misma, con todas las multitudes que nos habitan. Es hora de dejar de buscar afuera lo que nos falta y admitir que la perfección -propia y ajena- no existe. A Jennifer la dejó Brad Pitt; Nadia Comaneci se tuvo que exiliar; Blanca Rodríguez dejó el periodismo y es senadora (con pila de respeto). Y a mí, cuando estoy estresada, me cae como el orto la baguette con queso y salame (promoción de la columna anterior). El resto joya, ¿ustedes? 


 
 
 

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