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"Profundamente superflua (o viceversa)"

  • elisalieber4
  • 18 ago
  • 3 Min. de lectura
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Hay días en los que no sé ni quién soy o, más bien, qué soy. Puedo pasar sin escalas de activar por la paz en Medio Oriente, a ver diez reels de Harry Styles mostrando su pecho delicadamente musculoso. De producir un mini‑documental sobre vivienda digna, a escribir una columna sobre cómo llamar por teléfono es una falta de respeto. ¿Soy profundamente superficial o superficialmente profunda? 


A veces me siento frente a un texto complejo de la filósofa estadounidense Donna Haraway buscando un mensaje oculto, convencida de que si no lo entiendo es porque soy superficial. Leo la misma oración durante media hora. Nada. Ni un atisbo de entender. Después me pasa lo contrario: escucho la canción “Bachata”, de Manuel Turizo, y alguien dice que es una porquería masiva. “Nahhh, a mí no me gusta, es a mis hijos”, argumento mientras intento detener mi vaivén espontáneo de caderas.


Para ubicarme en el mapa existencial, armé una encuesta imaginaria. Ustedes deciden qué soy: ¿superficial o profunda? Tengo una tote bag eco friendly con la cara de Frida Kahlo, símbolo global del arte, pero también del merchandising masivo. Posteo una selfie leyendo a Rachel Cusk  -una autora brutalmente honesta-, pero posar con un libro en redes es exhibicionismo intelectual. Miro División Palermo, escrita por progres argentinos, pero que se burla de los discapacitados y se exhibe en una plataforma capitalista. Y escucho Coldplay, banda mundialmente aclamada, aunque para muchos sea apenas música de ascensor.


¿Y? ¿Qué soy? Júzguenme sin culpa. Para mí es importante complacer al tribunal de la profundidad ajena (y propia). Es hora de definirme: o chicha o limonada. O una persona comprometida con las causas del mundo o alguien que llora viendo la historia de superación de un oso panda. 


Temo decepcionarlas. Creo que soy una delincuente emocional. Un día quiero ser un espíritu elevado: leo un informe, subrayo palabras como interseccionalidad, mientras como granola de nueces silvestres. Al día siguiente (o minuto siguiente), googleo “cómo no fruncir la boca mientras duermo para no arrugarme”, y me morfo una baguette con salame. 


Oscilo entre la risa incómoda y el nudo en la garganta. Entre los videos de novios emocionados cuando ven entrar a su futura esposa al altar (sí soy adicta, ¿y qué?) y las columnas de opinión de Martín Kohan (el k-onvre definitivo). Scrolleo entre la compasión y la evasión, sin decidirme nunca por completo. 


Sé que yo misma se los pedí hace un rato, pero clasificarnos es una trampa. Una etiqueta rara vez nos define; juzgar al otro casi siempre esconde un “soy mejor”, “soy más interesante”, o al menos “no soy tan pelotuda como vos”. Y ahí vamos por la vida: gastando energía en parecer profundas, alternativas o únicas, en vez de simplemente dejarnos conmover por lo que sea que nos mueve. Julio Leiva o Momi Giardino. Eduardo Galeano o Cristina Peri Rossi. Ortega o Gasset.


Nos vendieron que ser coherentes es sinónimo de ser inteligentes. Pero, como dijo el escritor estadounidense Walt Whitman hace más de un siglo: “¿Me contradigo? Pues sí, me contradigo; soy amplio, contengo multitudes”. Traducido a criollo: soy muchas versiones de mí misma, todas al mismo tiempo (y muchas que están por llegar). 


Y, ahora, para cerrar esta columna, hilvano esta prosa tan sesuda para este sustancioso ensayo e invoco un verso encumbrado que nunca me falla: “no te creas tan importante”. Y capaz eso sea lo más profundo que pueda decir hoy, aunque suene superficial. 


 
 
 

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