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"Quince días después, necesito vacaciones otra vez"

  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Un día estoy eligiendo qué bikini llevarme y, al siguiente, estoy acomodando la ropa otra vez en los estantes, preguntándome: ¿en qué momento se terminó todo? y, de paso, ¿comemos fideos o arroz? Las vacaciones nunca alcanzan. Nunca, salvo cuando tenía hijos chicos y deseaba volver a la oficina. Maldita sea, le puse tantas fichas a esos quince días y la arena y el sol y el mar azul se escurrieron entre mis dedos.


No sólo cargué la quincena de expectativas, sino que el síndrome prevacacional arrancó muy temprano. Una amiga me tiró la siguiente granada emocional a fines de julio: “¿Qué vas a hacer en las vacaciones? Yo ya señé. Me dijeron que se está moviendo”. Ahí se encendió todo junto: la ansiedad y la esperanza. Enero estaba lejísimo, pero de golpe el verano quedaba a dos cuadras. Y yo, obvio, ya estaba imaginándome con el pie en la arena, caipirinha, agua de coco, cervejinha.


Con un semestre aún por delante, arranqué mi carta a los Reyes Magos versión balneario: Cuando esté de vacaciones… voy a leer todos esos libros que guardé en Notas; voy a tener charlas profundas con mis hijos; voy a cocinar la receta que vi en redes de una rosti de papas con huevo frito en el medio. Y, por supuesto, voy a trazarme las metas para el resto del año.


Y voy pa la playa, pa curarme el alma… y la primera zambullida en el agua salada me acomoda por dentro y por fuera. El pan casero con mermelada de zapallo (no me juzguen) me recuerda que las cosas mínimas son enormes. Y el fuego con amigos estira la noche, la vuelve más lenta, como si el tiempo durara para siempre.


Todo es ilusión, todo es esperanza. Al otro día amanece ventoso y no me importa nada porque puedo dormir siestas eternas. Pero al día siguiente, llueve y parece que mañana va a seguir así. Y mis hijos necesitan que los lleve en ese preciso momento a lo de un amigo. Y me llama un pariente para darme una mala noticia. Y en la cola de la fiambrería hay más personas que en Pekín. Y, aunque no quiera, termino resolviendo la logística como si fuera una PyME costera.


De pronto, mi lista de deseos anuales se vuela con la brisa del mar y los mandatos vacacionales se quedan para juzgar cada escena desde la reposera de al lado: tenía que contemplar el horizonte en vez de mirar el celular; aprovechar al máximo sin olvidarme de descansar; vivir cada momento y, aún así, debí tirar más fotos (y postearlas).


Le pido tanto a las pobres vacaciones que terminan agotadas. El problema no es que “no alcancen”, sino que queda demasiado acumulado para que, mágicamente, todo ocurra ahí. El resto del año lo paso como en una sala de espera: incómoda, con el numerito apretado, sin aflojar por si me llaman. Y hago esa fantasía de guardar los deseos en un tupper, para abrirlo recién en el service anual vacacional.


Y aunque sea muy lindo soñar porque soñar no cuesta nada, la licencia no me devuelve un milagro, me devuelve escenas. El mate en la orilla, secarme al sol, una tentación contagiosa. No es todo lo que esperaba, pero es exactamente lo que pasó. Y lo agradezco, mucho. Contra todo pronóstico, las vacaciones me regalan algo imprescindible: aunque el año me pase por arriba, en algún momento aparecerá el cartel de ‘verano’ y volveré a creer que me espera una mejor versión de mí misma.


En el viaje de vuelta, pongo de fondo la playlist del verano y me convenzo: este año va a ser diferente, esta vez la energía me va a durar, voy a ir cumpliendo mis deseos de a poco... Llego, abro la computadora y dos horas después ya estoy de vuelta como siempre: la que se apura, la que dice “mañana arranco”, la que vuelve a usar el verano como promesa: “cuando esté de vacaciones…”.

 
 
 

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